Libros para chicos y adolescentes a través del tiempo

No es fácil exponer con objetividad y sin apasionamientos respecto de la literatura infantil y juvenil. Puede abordarse desde múltiples ángulos: el creador, los destinatarios, el medio familiar y social, la época, los libros, la ilustración, por citar algunas de las temáticas. Ante tal variedad, se abordará el material oral, más tarde transcripto, y los libros que a lo largo de la historia, escucharon y leyeron chicos y adolescentes.

Abril 2010

Libros para chicos y adolescentes a través del tiempo

María Ruth Pardo Belgrano

No es fácil exponer con objetividad y sin apasionamientos respecto de la literatura infantil y juvenil. Puede abordarse desde múltiples ángulos: el creador, los destinatarios, el medio familiar y social, la época, los libros, la ilustración, por citar algunas de las temáticas.

Ante tal variedad, abordaré, en la presente exposición, el material oral, más tarde transcripto, y los libros que a lo largo de la historia, escucharon y leyeron chicos y adolescentes.

En tiempos anteriores a la escritura, experiencias e invenciones se conservaban en la memoria. Recuerdos, rimas de ensalmos y conjuros, leyendas y cuentos se transmitían de generación en generación en forma oral. En esta primera manifestación participaban todos. Niños y adultos compartían una misma literatura.

Durante siglos, esta actitud no varió, ni siquiera con el surgimiento de las obras escritas.

En la Edad Antigua y en el Medioevo, los relatos de héroes y de guerreros atrajeron a los chicos pese a que, estas historias, no les habían sido destinadas. Igual suerte corrieron romances y novelas de caballerías. El interés por la literatura escrita no desalojó la literatura oral. Por el contrario, cuentos y leyendas permanecieron vigentes, pese a su carácter aleccionador, y gustaron a grandes y pequeños. Los pocos libros que reconocieron un lector infantil evidenciaron una marcada intención didáctica y moralizante como las cartillas, los catecismos, los catones o el Exemplario contra los engaños y los peligros del mundo -versión castellana del Calila e Dimna árabe-, obra tendiente a deleitar con la palabra y con las sentencias.

En el siglo XVI, con el avance del espíritu crítico, propio de la Reforma y de la Contrarreforma, los cuentos tradicionales sufrieron el rechazo del sector adulto y se refugiaron en el territorio de los chicos, aunque estos relatos respondían a viejos mitos o interpretaciones animistas del hombre primitivo, es decir que, en la mayoría de los casos, se habían originado en necesidades ajenas a la niñez. El único material para la infancia, en este período, estuvo representado por cartillas o tratados pedagógicos.

A mediados del siglo XVII, en Alemania, Jan Amos Comenius creó un libro didáctico, Orbis Pictus, en el que cada palabra llevaba su propio dibujo. La obra constituyó un aporte revolucionario en la metodología pues su objetivo consistía en atraer la atención infantil y deleitarla con un mundo de imágenes.

En las postrimerías del siglo, Charles Perrault, publicó Historias y relatos de antaño. Cuentos de Mamá Oca (1697). Las narraciones -en verso en su primera versión- de origen tradicional, reelaboradas con maestría literaria, si bien con el tiempo gozaron de las preferencias de los pequeños, no fueron creadas para ellos. Reflejo de la suntuosidad versallesca, el tratamiento de los temas y las ironías de las moralejas (ej.: moralejas de Caperucita Roja o de Barba Azul) evidenciaban destinatarios adultos: los cortesanos de Luis XIV. Lo mismo puede decirse de las Fábulas de La Fontaine y de Cuentos de hadas (1696), Nuevos cuentos de hadas (1699)y Las hadas a la moda (1699) de Marie d'Aulnoy, libros en los que el sentimiento y lo feérico ocupaban un destacado lugar y cuyos lectores eran tanto adultos como jovencitos.

Por la misma época, Fénélon escribió una novela pedagógica, Las aventuras de Telémaco, para su discípulo, el duque de Borgoña, sobrino del rey. Pese a algunas páginas interesantes y el colorido estilo, la obra resultó monótona y desordenada.

En 1719, Daniel Defoe publica Robinson Crusoe y, en 1726, Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver, pero ninguna de los dos libros estuvo pensado para lectores infantiles. Defoe escribió su novela tras conocer, por la prensa, la historia de Alexander Selkirk, marinero escocés, abandonado, en 1705, en una isla de las costas de Chile, por enemistad con el capitán de su barco y rescatado cinco años después en estado semisalvaje. Algunos relacionan el relato con una burguesía necesitada de justificaciones en cuanto a la empresa colonizadora. Swift narra los viajes del protagonista en cuatro partes en las que se encuentra, en la primera, con enanos; en la segunda, con gigantes; en la tercera, con intelectuales embrutecidos y en la cuarta, con caballos cuyas virtudes contrastan con la bestialidad humana. Relato terrible, cruel y amargo, una sátira social para lectores adultos. Solo el tiempo y las modificaciones editoriales transformaron ambas obras en clásicos de la niñez. En el caso de Gulliver le han llegado las dos primeras partes exentas de toda crítica social y privilegiando la diferencias de tamaños, un atractivo para los chicos.

Es preciso llegar a Rousseau para que ellos dejen de ser considerados adultos en miniatura.

Los primeros atisbos de una literatura infantil se relacionaron con el periodismo. En Inglaterra John Newberry publicó "The Liliputian Magazine", iniciativa que se difundió por otros países europeos. Pero, en todos los casos, predominó el concepto de utilidad e intención pedagógica. Concepto proclamado por Madame Leprince de Beaumont, en Francia, en El almacén de los niños(1757) y en El almacén de los adolescentes (1760) que adquirió su punto máximo con Madame de Genlis quien rechazó los cuentos fantásticos pues consideraba lo verídico como más útil y educativo. Pese a estas afirmaciones, acordes con el racionalismo de la época, junto a la tendencia didáctica, surgió con fuerza la tendencia feérica, iniciada a fines del siglo anterior. Madame Leprince de Beaumont no pudo evitar su influencia ya que creó un conmovedor cuento: La Bella y la Bestia que aún en nuestros días se lee y se proyecta en creaciones cinematográficas y teatrales de atractivo para chicos y grandes.

En España, junto a la literatura pedagógica se desarrollaron aleluyas y aucas. Las aleluyas, de raíz popular, eran estampas con versos más o menos eufónicos que imitaban el júbilo pascual a través de la repetición intercalada de dicha voz. Religiosas en su primera etapa y profanas en otra posterior, se dieron a los niños con un fin moral. Las aucas, en la misma línea, pero derivadas de juegos como la oca, la perinola, la lotería, se emparentaron con las miniaturas y las viñetas. Unas y otras suelen considerarse antecedentes de la historieta.

El libro infantil-juvenil, en Alemania, se concretó con Joachim Heinrich Campe quien publicó Pequeña Biblioteca Infantil (1779/1784), seis tomos de relatos morales.

Los libros para chicos conquistaron posiciones en el siglo XIX. Pedagogos como Pestalozzi, Froebel y Herbart reconocieron la necesidad de profundizar los conocimientos acerca de la psicología del niño. Esta idea, que se cristalizó con el surgimiento de una psicología evolutiva infantil sistemática y seria a fines de la centuria alcanzó, de algún modo, a los hombres de letras que orientaron su producción hacia los más jóvenes, con personajes y situaciones que evidenciaban un cambio. Se multiplicaron los cuentos y las novelas con protagonistas y temáticas acordes con el sentir de chicos y adolescentes.

En Inglaterra, Charles Dickens y las hermanas Brontë introdujeron en sus obras a la niñez desdichada. Lewis Carroll aunó el absurdo y el humor en Alicia en el país de las maravillas. La aventura legendaria y el arte de narrar se conjugaron en La isla del tesoro de Robert Stevenson y en El libro de la jungla de Rudyard Kipling.

En España, Fernán Caballero y Luis de Coloma recrearon cuentos populares; Juan Eugenio Hartzenbusch consideró la fábula como el género infantil por excelencia y Martínez de la Rosa se mantuvo en una línea didáctica y moralizante. Un hecho significativo fue la aparición, en 1876, de la Editorial Calleja que publicó los cuentos de Andersen, Hoffman, Grimm y los divulgó con ilustraciones de José Zamora.

Francia contó con autores como Héctor Malot, Henri Pourrat, Charles Nodier. Julio Verne asombró con sus premonitorios viajes terrestres y espaciales y su nueva concepción del mundo. Ligada a la "Biblioteca Rosa", la Condesa de Ségur evocó su infancia y sus libros atrajeron a numerosas generaciones.

Alejandro Dumas inició la rama histórica con Los tres mosqueteros al igual que Walter Scott, en Inglaterra, con Ivanhoe y Henrik Sienkiexicz, en Polonia, con ¿Quo vadis?

En Alemania, Christoph Von Schmid recreó el mundo medieval y lo pobló de caballeros, bosques y hombres guiados en su acción por su fe cristiana. Ernest Hoffman manifestó su romanticismo en cuentos misteriosos y cargados de fantasía y Jacobo y Guillermo Grimm compilaron relatos de raíz popular. De este modo las expresiones tradicionales llegaron a los niños por una doble vía: la oral de todos los tiempos y la escrita de las recopilaciones.

En Dinamarca, Hans Christian Andersen, con una fina sensibilidad, recreó la materia folclórica y sus propias experiencias y las volcó en cuentos para niños, en los que campeaba la magia y la poesía.

Italia, ante el problema de la formación del ciudadano, tras el logro de su independencia, se inclinó por una literatura infantil basada en preceptos y ejemplos. La solidaridad con los desheredados se evidenció en Corazón de Edmundo D'Amicis, en tanto que Pinocho de Collodi, más allá de sus moralejas, interpretó el mundo infantil y se transformó en otro clásico de la niñez.

En los Estados Unidos de Norteamérica, los chicos desamparados y los perros fieles encontraron su representante en Jack London, en tanto el nombre de Fenimore Cooper se vinculó a una narrativa inspirada en las experiencias de la nación con resonancias fantásticas. Mark Twain, fiel reflejo de su época y de su tierra, creó dos protagonistas con dimensiones de héroes, Tom Sawyer y a Huch Finn, amigos de aventuras y escapadas.

En nuestro país, una visión de la literatura para chicos y jovencitos, nos permite reconocer dos vertientes: una de tradición oral, entroncada con el viejo folclore europeo, enriquecida con leyendas e historias precolombinas, de la conquista, de la colonización y de tiempos de lucha por la independencia y otra, didáctico-moralizante ligada al aprendizaje de primeras letras.

Se considera a Eduarda Mansilla de García la primera narradora para niños y entre los escritores que, a fines del siglo XIX reflejaron las necesidades, las reacciones y los sentimientos infantiles, Eduardo Wilde conmovió con su relato Tini, cuyo protagonista evidenciaba todas las características típicas de la edad, tanto en su comportamiento como en su habla. Pioneros en la materia fueron Guillermo Hudson y Ada María Elflein.

Poco a poco surgieron otros creadores como César Duayen, José Sebastián Tallon, Javier Villafañe, Álvaro Yunque, Pedro Inchauspe, Germán, Berdiales, Roberto Ledesma entre otros. La gran eclosión se produjo a mediados del siglo siguiente.

El siglo XX, caracterizado por la rapidez y la variedad de los acontecimientos -guerras, revoluciones, cambios sociales, artísticos, avances científicos, tecnológicos, - influye en la idea del libro para la niñez. Ha surgido un nuevo consumidor y con él una nueva industria.

Autores y publicaciones se multiplican y alcanzan cifras elevadísimas. La literatura infantil adquiere autonomía y ofrece un panorama heterogéneo. Los escritores reelaboran la realidad de acuerdo con su sentir, con sus experiencias, con su concepción del mundo. Sus mensajes, desde el momento que reflejan una determinada visión, adquieren importancia literaria, pedagógica, social, política.

En la primera década del siglo XXI se consolida lo expuesto para el siglo anterior.

De la presente reseña, que no es exhaustiva, se desprende:

  1. en los comienzos, niños y adultos compartían la misma literatura;
  2. el primer material para la infancia es de carácter didáctico;
  3. los relatos tradicionales mantienen su vigor en todos los tiempos;
  4. el siglo XVIII inicia la literatura destinada a chicos y jovencitos con una evidente intención pedagógica;
  5. en el siglo XIX surgen numerosos libros con personajes y temáticas que les son atractivos y con los que se identifican;
  6. en el siglo XX y en la primera década del XXI la literatura infantil-juvenil adquiere autonomía y se consolida.

Actualmente, ante las distintas y múltiples propuestas del mundo editorial, en esta materia, nos inclinamos por libros que promuevan en los lectores infantiles y juveniles la formación de ideas propias, el fortalecimiento del yo, las actitudes críticas, la sensibilización por los problemas humanos y el placer de leer lo que implica un deleite por la palabra y por sus posibilidades creadoras. Valores que niños y jóvenes incorporan cuando se ofrecen indirectamente sin imposiciones autoritarias y como una propuesta a la reflexión. En esta tendencia se alinean libros de todos los tiempos, clásicos y modernos, y cobran vida y adquieren vigencia entre ellos en la medida en que responden a sus experiencias y requerimientos.