Milagros Rojo Guiñazú(*)
La lectura es un vínculo que establece un ser con el alma del escritor… con ese creador e inventor de ficciones que acompañan nuestro camino…
Reflexiono acerca de esta correspondencia que existe hoy en día entre la lectura y la profesión, con el placer, la obligación, o con ese otro mundo… Hay un universo tan ajeno a los libros, a las bibliotecas – o quizá tan propio de ellos-; esos espacios y el encuentro con la lectura asociado con la televisión y las diversas tentaciones que se brindan a los jóvenes (Estela Zalba los llama “hijos de la televisión”). Alternativas aparentemente más interesantes y atractivas comparadas con el libro.
Pareciera una absurda paradoja, cuando no algo tan real y tangible, pero es un hecho que cada vez se lee menos.
Me detengo y observo el etéreo lazo que los adolescentes poseen con el libro… y no dejo de evidenciar una relación de compromiso (muchas veces asociada con el ámbito escolar, con el cumplimiento de tareas)… Entonces un recuerdo se apodera de mí, intempestivamente regresa a mi mente… esas tardes en donde leía y me encontraba con inusitadas experiencias, como la de la imaginación y la del ensueño…
Inevitablemente el vínculo que se tiene con un texto se construye –como cualquier otro- sobre la base del esfuerzo, la dedicación, el tiempo, la voluntad, el deseo y el placer. Propiciamos las relaciones que nos generan goce, y si en nuestra débil memoria avizoramos vivencias gratificantes asociadas con el instante de la lectura… seguramente esa será una relación que no desearemos abandonar.
El mundo laboral es caótico, confuso y tantas veces feroz, que circunscribe nuestra agenda, nuestro tiempo real… Deberes, labores, responsabilidades familiares y profesionales, perfeccionamiento, entre tantas otras… pareciera que conspiraran en contra del encuentro pacifico con las obras literarias.
Son estas algunas de las razones que he elucubrado para –hoy- hacer una apología del acercamiento o reencuentro con los libros, con la lectura.
¿Cuántos caracteres infortunados se han apropiado o han acompañado a los clásicos de la literatura? Calificativos como: aburridos, ininteligibles, extensos, fastidiosos, entre otros; le han hecho tanta mala prensa que pareciera que hoy en día leer un clásico es formar parte de un período vetusto.
¿Acaso no sería extraordinario acercarnos al extenso pero entrañablemente tierno DonQuijote de la Mancha1? Recordar que Alonso Quijano –un excepcional personaje de la literatura- tiene tantas similitudes con nosotros –los lectores- que innumerables veces nos sentimos ajenos a este mundo en el que vivimos (o que nos vive). ¿Por qué considerarlo únicamente como un loco? ¿Por qué aún considera que es posible pensar en un mundo mejor, en un hombre colmado de valores, de sueños y de una ética firme que conduzca su vida y a cada uno de sus pasos?
¿O por qué no leer a Madame Bovary2 y redescubrir en la prosa de Flaubert los cuestionamientos a una sociedad superflua, enajenada y obsesionada con las apariencias frágiles y carentes de cimientos? Una novela magistral “acerca de la nada” pero que, en realidad, “habla sobre todo”. ¿O quizá deleitarse con la sátira a las costumbres de otros tiempos (bastante semejantes a los actuales) junto con El Avaro3? Para así reírnos de cuestiones que no deberían ser graciosas, como son: la avaricia, la tiranía familiar, el egoísmo y el sexismo.
Tal vez podamos hojear las páginas de la espeluznante novela Frankestein4 y recapacitar –de la mano de otros ávidos lectores - en lo referente a la monstruosidad del hombre y esa consternación que concibe la propia creación.
Sin embargo también podría ser seductora otra invitación y acercarnos a los versos del Martín Fierro5 para cavilar acerca de a esa argentinidad tan bastardeada y despojada de su tradición.
Pero la literatura es dadivosa y nos ofrece emprender algunos viajes leyendo La DivinaComedia6. Descender, junto con Dante y Virgilio, al Infierno, al Purgatorio y al Paraíso. O tal vez vacacionar de la mano de Jonathan Swift en Los Viajes de Gulliver7, revelando culturas extrañas y agitando las conciencias de los británicos de aquella época con su sátira política.
No obstante, peregrinar por los jardines de Las Flores del Mal8 podría excitar nuestro relegado placer por la poesía. Una moderna concepción del poeta como un ser maldito, refutado por la sociedad burguesa, cedido a la perversión, alcanzando el Spleen y teniendo una desconsolada conciencia del mal.
Mientras recorro con la mirada la vasta biblioteca que felizmente me acompaña, descubro La Vidaes Sueño9 y a su personaje Segismundo. ¿Será factible pensar en esa ignorancia de uno mismo? ¿En la afirmación de quiénes somos hasta que alcanzamos ver la luz… después de las prisiones, después de morar las cavernas?
Leer a los Clásicos es una aventura inconmensurable. Mi justicia es limitada, los títulos que no nombro son infinitos… aún así no se desmoronan en el olvido.
En los tiempos que corren sería ineludible repasar algunas obras. Algunos consejos para gobernar se alojan en las páginas de El Príncipe10¿Se tratará de un modo práctico para disipar inconvenientes políticos? ¿Será una forma cínica de comprender la política? ¿O será un decálogo de recomendaciones para gobernar? La lectura es un camino de discernimientos y delectación, un lugar ideal para discurrir si detrás de cada palabra que conforma una ficción hay mucho más que eso…
¿Por qué no explorar las hojas de Crimen y Castigo11? Y recapacitar acerca de los delitos, la sociedad y la conciencia del hombre luego de haber cometido una contravención. ¿Es el personaje quien manifiesta sus aspiraciones de exonerarse o es la humanidad la que lo determina a ello? ¿Pero qué sucede cuando la imputación es injusta y la condena sin juicio llega sin misericordia? He aquí otro más de nuestros exquisitos dilemas retóricos… ¿Cuál es la razón para no aproximarse a El Conde de Montecristo12 y vivir junto con el protagonista su nefasto destino? Después de impregnarnos con su historia y sus padecimientos… ¿Lograremos amparar los fundamentos de su venganza?
La literatura nos consiente estas cosas… atravesar tiempos, conocer personajes, habitar lugares –existentes e imaginarios-, vivir experiencias de otros y con otros, generar empatía o aborrecimientos.
Es verdad, muchos clásicos de la literatura han llegado a la gran pantalla y muchos prefieren “mirar la película y no leer el libro”. Si verdaderamente supieran cuánto desperdician con esa elección, como sus sentidos se restringen en posibilidades, de que manera ese hermosísimo espacio concedido al ensueño se ve cercado… se va disminuyendo.
Un paisaje andaluz me penetra mientras en mi memoria releo Bodas de Sangre13. ¿Cuántas veces el amor significó mucho más que una emoción? La muerte y el amor coexisten en un universo sombrío de pasiones, que resultan en celos, asechanzas y un funesto desenlace. ¿El amor es la única fuerza idónea para subyugar a la muerte? Ni siquiera Romeo y Julieta14 vislumbran la imposibilidad en una tierra de imposibilidades.
Ahora bien, mis argumentos no fueron más que un sucinto recorrido –a través de mis evocaciones – de algunos Clásicos que mi vida ha calificado como imprescindibles. Indudablemente no puedo conjeturar que después de este itinerario he logrado convencer o quizá persuadir a los lectores de la necesidad de retornar a la lectura de los clásicos de la literatura.
No obstante, alucino con que esta quimera que circula por mi sangre tras la experiencia de la lectura de obras literarias, los haya rozado… acariciado acaso… y echen un vistazo a su alrededor, para que tras el encuentro con algún libro sientan la arrojada conmoción, el incontrolable impulso de predisponerse a leer… a embarcarse con sus mentes por esas ficciones que hipnotizan.
(*) La autora es Profesora y Licenciada en Letras
UNNE – Resistencia, Chaco
Miguel de Cervantes Saavedra. El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Novela. España, 1605.
Gustave Flaubert. Madame Bovary. Novela. Francia, 1857.
Moliére. El Avaro o La Escuela de la Mentira. Teatro. Francia, 1668.
Mary Shelley. Frankestein o El moderno Prometeo. Novela. Inglaterra, 1818.
José Hernández. MartínFierro. Poema Narrativo. Argentina, 1872 – 1879.
Dante Alighieri. La Divina Comedia. Poema Narrativo. Italia, 1304 – 1307 – 1308 a 1313 – 1314 a 1321.
Jonathan Swift. Los Viajes de Gulliver. Novela. Inglaterra, 1726.
Charles Baudelaire. Las flores del mal. Poesía. Francia, 1857.
Calderón de la Barca. La vida es sueño. Teatro. España, 1635.
Nicolás Maquiavelo. El Príncipe. Novela. Italia, 1513.
Fedor Dostoievski. Crimen y castigo. Novela. Rusia, 1866.
Víctor Hugo. El Conde de Montecristo. Novela. Francia, 1844.
Federico García Lorca. Bodas de sangre. Teatro. España, 1931.
William Shakespeare. Romeo y Julieta. Teatro. Inglaterra, 1595.