Mar del Plata

Mar del Plata: Cuento de Myriam Goldenberg

Abril 2013
Abril 2013

Mar del Plata

Myriam Goldenberg

Había conseguido sentarme en el primer asiento del colectivo, me estaba acomodando, cuando alguien me tocó el hombro. Me di vuelta y ¡oh sorpresa! Mi mejor amiga de la adolescencia me miraba sonriendo. Ella viajaba en el asiento detrás de mí. La reconocí en el acto, a pesar de los treinta años que habían pasado.

-¿Qué te parece si nos bajamos aquí?- me preguntó.

-Por supuesto- contesté y en unos minutos estábamos sentadas en la mesa de un café, tomadas de la mano como niñas...

Cada una contó, en versión resumida, lo que habíamos vivido en esos treinta años sin vernos. Yo pensaba, ¡qué tiempos aquellos!

Hasta el tercer año del secundario, habíamos sido inseparables. Pues Su casi vivía en mi casa. A mamá le gustaba cocinar y ella almorzaba en casa siempre que podía. Una sola vez, para un cumpleaños, me invitó a cenar. Conocí por primera vez a sus padres, que eran personas mayores y a Gabriela, su única hermana. Recuerdo que me asombré de que sólo estuviera la familia ya que en mi casa, cuando festejábamos algún cumpleaños, siempre se juntaba muchísima gente, entre amigos y familia.

Ella empezó su relato:

-Debimos mudarnos porque en Buenos Aires a papá le había ido mal con su imprenta, teníamos problemas económicos y, en Mar del Plata, un tío de mi mamá, que había fallecido soltero, le había dejado una casita.

La familia se movilizó y consiguió un trabajo para papá, en una gran imprenta. Creíamos que todo iba a ir sobre ruedas, pero, como pasa siempre, el hombre propone y Dios dispone. A los pocos meses, papá falleció, repentinamente, por un problema cardíaco. Mamá entró a trabajar como secretaria de un médico. Pero el dinero no alcanzaba, así que apenas terminamos el secundario Gabriela y yo debimos buscar trabajo. Las dos estudiábamos de noche, ella se recibió de bibliotecaria y yo cursé el Profesorado de Inglés.

Me dediqué a dar clases particulares y ella se empleó cerca de casa.

en una biblioteca

Después, Gabriela se casó. Al año nació mi sobrina Alicia. En casa, quedamos mamá y yo.

Nunca me faltaron pretendientes, yo siempre fui pizpireta, como bien sabés, pero no sé por qué, nunca me decidí a casarme. Hace años que tengo una pareja estable, Carlos, que es dueño de un lindo hotelito cerca del mar. El me ha pedido que vayamos a vivir juntos, pero no me decido.

-¿Por qué?

-Ahora te explico. Cuando Gabriela llevaba cinco años de casada, su esposo falleció en un accidente, quedó muy mal. La han tratado casi todos los psiquiatras de Mar del Plata. Por momentos anda bien, pero después se queja de sufrir intensos dolores de cabeza, no duerme y tiene unos cuantos problemas más. Hace un tiempo, se mudó, con la nena, a casa, no podía vivir sola.

Cuando mamá falleció, las dos prácticamente nos dedicamos a criar y educar a Alicia. Muchas veces me tocó solo a mí, porque a menudo internaban a Gabriela y … eso es todo. Ahora, Alicia estudia Medicina en Buenos Aires, le alquilé un pequeño departamento, y vengo todos los meses a visitarla. Gabriela sigue trabajando en la misma biblioteca, no la echaron pero no tiene trato con el público. No hay más que contar… ¡tu turno!

-Lo mío es mucho más corto! -dije.

Terminé el secundario, entré en la Facultad y estudié Derecho. Después de recibirme, trabajé en un estudio de abogados, me especialicé en derecho de familia. Me casé con Fernando, que trabajaba en computación, no puedo quejarme, fue un muy buen marido. Tuvimos dos hijos, Luciana, que se dedicó a las bellas artes pues le gusta dibujar y pintar. Un día fue a un Museo y allí conoció a un turista italiano, que se la llevó a Roma. Viven muy contentos, con su nena, Fiorella, una preciosura. No te rías, soy una abuela babosa.

Pablo, que nació dos años después de la nena, trabaja en informática y está terminando la carrera de Ingeniero. Se caracteriza por cambiar de novia cada semana y a todas las trae a casa para que las conozca. Ya le dije que prefiero conocer a la última de la serie, pero no me hace caso. Vive con un amigo en el centro.

Fernando falleció hace un año de cáncer y de esto prefiero no hablar. Sufrí mucho la soledad, recién estoy adaptándome un poco…

Ella me interrumpió:

-Tengo una idea. ¿Por qué no venís conmigo a Mar del Plata? La casa es modesta, pero tenemos una pieza para huéspedes. ¿Qué te parece?

-No estaría mal, dije, pero sólo por unos días, no quiero complicarte la vida.

Su me abrazó.

-No sabes la alegría que me das, viajamos mañana, ocupo de los pasajes. Te llamo después.

Salimos de Retiro temprano, llegamos cerca de las dos de la tarde.

La casa tenía dos pisos, era sencilla pero acogedora Su me dejó en mi cuarto y me dijo que descansara ya que ella se ocuparía de preparar la cena, la hermana llegaba a las seis de la tarde. Le pregunté:

-¿Siempre cocinás?

-Tenemos nuestro arreglo, yo pago los impuestos, compro las provisiones y cocino, Gabriela limpia la casa y lava la ropa los fines de semana.

-Es un buen arreglo- comenté.

Al entrar en la casa, había visto un enorme gato blanco de angora durmiendo en los sillones de la entrada. Amo a los gatos, son suaves, inteligentes y muy independientes.

Me despertaron los golpes en la puerta, no sabía dónde estaba.

Su me gritaba:

-Arriba dormilona, hora de cenar.

Bajé al comedor lo más rápido que pude.

Su dijo:

-¿Te acordás de mi hermana Gabriela?

Yo veía a una mujer delgada y alta, parecía una anciana, vestida con ropa anticuada, que me miraba con cara de pocos amigos.

-Hola Gabriela- dije-, ¿te acordás de mí? Nos conocimos hace mucho tiempo- y me adelanté para darle un beso, pero ella bajó la cabeza, no contestó nada y comenzó a comer, así que yo me senté a la mesa sin decir nada más.

Después de cenar, con Su caminamos hasta la playa, que quedaba cerca y tomamos un café en un barcito cercano. Nos quedamos charlando hasta tarde. Al volver estaba tan cansada que me dormí apenas puse la cabeza

tranquila, yo me

en la almohada. Pero algo me despertó a medianoche, oí un ruido, abrí los ojos y me pareció ver que alguien parado al lado de la cama me miraba fijamente. Hice un esfuerzo, prendí el velador y… no había nadie.

Me levanté, cerré la puerta y me quedé dormida de nuevo.

A la mañana me despertó la luz del sol, era un día precioso.

Cuando bajé, Su tenía listo el bolso, me dijo que después de desayunar iríamos a disfrutar del mar. Hacía tiempo que no me sentía tan relajada y contenta.

Volvimos después del mediodía, tuvimos tiempo para bañarnos, cambiarnos y descansar un rato. Cuando me desperté bajé al comedor. Sentí a Su trabajando en la cocina, yo me dediqué a jugar con el gato, que resultó ser gata, Jeny era su nombre, estaba tan feliz conmigo, que se acomodó en mi regazo, mientras yo la acariciaba. Cuando llegó Gabriela y me vio con la gata, gritó “Qué le estás haciendo a la pobre Jeny, dejala tranquila”. La levantó de mi falda y la depositó en el sillón. Después subió a su pieza sin decir nada. Su salió a ver qué pasaba, pero no intervino, cuando Gabriela desapareció, me hizo señas de que no le hiciera caso y se volvió a la cocina. Yo me quedé pasmada pero no dije nada.

Esa noche otra vez me despertó un ruido y allí la vi claramente a Gabriela, observándome fijamente. Al día siguiente, esperé a que ella saliera para bajar a desayunar. Me decidí y hablé con Su, le dije:

-Por favor no te molestes conmigo, pero yo me siento muy incómoda por lo que hace tu hermana y le conté como se metía en mi pieza de noche y me observaba. Ella me contestó que nunca había pasado eso, que quizás Gabriela estaba un poco celosa…

-Ya lo he pensado Su, pero no quiero involucrarme en problemas, por favor llevame a un hotel.

-Si eso te tranquiliza, estoy de acuerdo, prepara tus cosas, ahora mismo nos vamos

En un rato llegamos al hotel de Carlos, quién me recibió muy amablemente y eligió para mi una hermosa habitación con vista al mar.

Su se despidió avisándome que volvería por mí a la noche siguiente, ya que todo el día estaría ocupada haciendo trámites. Por fin descansé bien. Dormí de un tirón hasta el mediodía. Después almorcé en el hotel y salí a caminar por la playa. Enseguida me di cuenta que alguien me seguía, y aunque se tapaba la cara, reconocí a Gabriela. Volví corriendo al hotel y llamé a Su. Le expliqué lo que pasaba

y le dije que esa misma noche regresaría a Buenos Aires. Me llevó a la Terminal y quedamos en que nos veríamos en su próximo viaje a la Capital y se quedaría conmigo algunos días, así podíamos pasar un tiempo juntas Me daba mucha pena irme, pero recién me tranquilicé al llegar a mi casa.

Al mes siguiente, Su me visitó, tal como lo habíamos planeado. Otra vez disfrutamos, charlando y visitando distintos lugares de Buenos Aires. Cuando se fue, me sentí muy triste, pero me confortaba saber que la vería pronto de nuevo.

Al mes siguiente al no tener noticias de Su llamé a su casa. contestó. Pensé en viajar a ver que pasaba, pero no me decidí.

El tiempo fue pasando

Llegó el verano.

Pablo y su nueva novia, alquilaron por quince días una casita en Mar del Plata y me invitaron a pasar el fin de semana allá. Acepté enseguida. Apenas llegué, dejé mi bolso, y tomé un taxi hacia la casa de Su.

Cuando toqué el timbre, salió Gabriela, casi ni la reconocí. Parecía veinte años mas joven, usaba una remera ajustada y short. Se la veía muy moderna y arreglada. Ella me reconoció y me saludó.

-Hola, ¿cómo estás?

-Muy bien, gracias, vengo a ver a Su.

Se quedó mirándome. Luego dijo:

-¿A Su?

Un poco molesta repetí:

-Sí, vengo a ver a Su.

-¿No sabés lo que pasó?

-No.

-Hace un mes tuvo un terrible accidente. Ella era la que limpiaba la casa y se le ocurrió encerar la escalera, resbaló al subir , se dio la nuca contra un escalón y falleció en el acto.

-¿Cómo que falleció?

-Si, así pasó, fue algo terrible.

Nadie

-¿Por qué no me avisaste?

-No encontré tu número de teléfono- contestó sonriendo, como burlándose de mí. Me di vuelta y me alejé, no lo podía creer… en ese instante recordé lo que Su me había dicho, que la que limpiaba la casa era Gabriela… entendí lo sucedido, pero ya nada se podía hacer… alguien me dijo una vez, “cuidado con los locos, son locos para los demás, pero nunca para ellos…”. Nunca más quise volver a Mar del Plata. Aún lloro cuando recuerdo lo que sentí ese día. Ni quise averiguar donde la habían enterrado, sólo atiné a comprar unas flores y tirarlas al mar…

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