Páginas literarias: El departamento

Un relato de Eduardo Miguel Bárcena García.

<b>Octubre 2004</b>
Octubre 2004


Páginas literarias: El departamento

Prof. Eduardo Miguel Bárcena García

En el barrio de Almagro, para ser mas exacto "El Abasto" se erigía un edificio conocido por los vecinos como la casa de "Los solos". Este mote se debía a que cada departamento lo habitaba una persona de considerable edad, solo dos estaban vados y uno de ellos había pertenecido a una mujer que presentaba un gran desequilibrio mental.

Durante sus últimos años vivió encerrada en el departamento y en su propia soledad, quizás esto hizo que se acentuara su inestabilidad, o esta la en cerro a ella.

El olor acre, las paredes derruidas, la suciedad y la oscuridad, convertían su casa en algo lóbrego y se decía que un vecino había sido amenazado con un estilete, y es verdad, casi muere, mas del susto que de una puñalada.

Así termino sus días, internada en una clínica psiquiátrica donde para calmarla le propinaban duchas de agua helada. No puedo sentir dolor, no significaba nada para mi, solo era la hermana de mi madre.

Pero esto no es lo que realmente importa, había muerto y mi progenitora, única heredera, me cedió la propiedad.

Cuando entre en ella tuve una sensación de aversión. Muy pequeño había visitado a mi tía cuando esta aun se hallaba con sus facultades mentales lucidas, pero los años habían malogrado el lugar. Transformarlo fue una aventura que mi mujer y yo vivimos durante dos largos meses.

Ahora solo queda un departamento vado, el lindante al nuestro.

Desde que nos mudamos siempre nos extrañó que de el nunca entrara o saliera persona alguna, ni cartas ni boletas llegaban con esa dirección, y fueron muchas las veces que hablamos con nuestros vecinos con el fin de conocer a quien le pertenecía, ya que desde afuera se podía observar que las ventanas y persianas se encontraban abiertas.

Solo una de las vecinas nos contó que en el vivía un anciano y que al dejar de verlo presumió que se había internado solo en un geriátrico.

Siempre fuimos los únicos a los que nos inquietaba saber sobre esta persona o sobre su paradero, tal vez se debiera a que vivíamos al lado o al miedo a que un extraño lo usurpara al estar abierto.

La puerta principal permanecía cerrada pero llamaba nuestra atención la cantidad de insectos que de el salían. Pasamos por una invasión de moscas y cucarachas y solíamos imaginar que estaba habitado por otras alimañas que no pasaban por debajo de la puerta.

En varias ocasiones, los vecinos hablábamos de entrar y cerrar todo, pero la decisión nunca se tomaba.

Así paso el tiempo y luego de tres años de idas y venidas no llegamos a nada.

Una mañana, lleno de hastío por las sucesivas plagas de sabandijas, las filtraciones de agua y su salida por debajo de la puerta con excedente de basura, todo esto a raíz de las incesantes lluvias que penetraban por las ventanas abiertas, decidí forzar la entrada para finalizar con los problemas que ocasionaba.

Junto a mi mujer y la vecina, puse manos a la obra y la puerta cedió fácilmente, sin hacer demasiada fuerza. Ingresamos en el lugar y evoqué la sensación que alguna vez había tenido al entrar al que es ahora mi departamento.

Todo se hallaba ordenado. Una mesa con un taz6n y un plata sucios con restas de lo que alguna vez había sido comida. El mobiliario era antiguo y pese al polvo, se podía observar su belleza, los techos y las paredes estaban arruinadas y el piso mojado y levantado. Se oía el goteo continuo de una filtración sobre el agua acumulada en tres tachos que rebasaban.

Mientras las mujeres se dirigieron a cerrar las ventanas del comedor, yo avance hacia los otros ambientes para verificar si en ellos existía otra abertura para cerrarla. Al hacerlo no podía evitar sonreir pues escuchaba las continuas quejas de mi mujer par las aranas y cucarachas que esquivaba a su paso.

Cuando uno entra a un lugar desconocido puede a través de los objetos percibir como son las personas que viven en el y eso es lo que a mi me ocurría a medida que entraba en las habitaciones. Me dirigí hacia un salón no muy grande, allí había una cama sin colchón pero llena de cajas de sombreros vacías, supuse al verlas que los coleccionaba. Me acerque a la ventana e intenté cerrar la persiana. Evitando las aranas ya que me habían contado, cuando era niño explorador, que ciertos arácnidos momificaban la carne alrededor de la picadura con su veneno. Este pensamiento hizo que me estremeciera pero si las mujeres lo habían logrado yo debía seguir adelante.

Luego entre al baño del que salía un hedor fétido. Miré la cocina que estaba muy sucia pero ordenada como el resta de la casa y por último entré en la habitación restante y lo primero que vi fue la ventana abierta, una cama, un ropero, sombreros de distintas clases colgados de la pared, la mayoría perforados por las polillas. Cuando di dos pasos para cerrar la ultima ventana abierta, tropecé con un bulto semienroscado en una sábana. Me detuve en el acto, de los tres era yo el mas sosegado y no podía asustar a mis acompañantes.

Durante los anos que vivimos en el edificio, bromee acerca del anciano al que ni mi mujer ni yo conocíamos, pero lo que estaba viendo superaba la realidad que se ofrecía a ante mí y me mostraba la verdadera cara de la soledad. La casa de "los solos" la llamaban y en ese momento comprendí por que y entendí que mis sarcasmos con el solo fin de asustar a mi compañera se debían a una revelación que quien había habitado ese lugar me hada. Solo. Es así como murió y es así como yo lo encontré, con gran horror vi que del bulto tirado en el piso salían los huesos de manos y de piernas, pero mi alma de niño explorador que yo creí haber perdido pudo mas que el miedo.

Tire de ese manto y vi, con angustia, lo que quedaba de mi anciano vecino. Su cuerpo estaba momificado y comido por las cucarachas que salían de el ante mi presencia.

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