La magia de un cuadro

La magia de un cuadro en un relato de María Guadalupe AllassiaPor María Ruth Pardo Belgrano

Diciembre 2013

La magia de un cuadro en un relato de María Guadalupe Allassia

Por María Ruth Pardo Belgrano

En La extraña niebla de aquel verano, María Guadalupe, como hiladora de sueños, al decir de Machado, crea un mundo alado en el que se entremezclan lo maravilloso y los milagros cristianos.

Lo maravilloso al estilo de los cuentos tradicionales o de hadas, con la presencia de seres reales que conviven con seres u objetos que poseen aptitudes ajenas al mundo cotidiano y que nadie cuestiona, ni el mundo de ficción, ni el lector.

El prodigio asoma apenas iniciamos la lectura. El nombre de la casa -Puerta de Sol- es el primer indicio. Puerta, representación no solo de entrada sino del espacio que se esconde tras ella, el poder misterioso y Sol, objeto de culto entre los pueblos antiguos, antepasado divino del linaje de los incas y asociado al oro como metal noble, símbolo de purificación, del tesoro difícil de hallar, de la búsqueda de la luz. Luego, los pinos, verdes torres de un castillo encantado, considerados árboles sagrados, símbolo de inmortalidad por sus hojas perennes y las mariposas negras y amarillas, negras como la noche oscura, amarillas como la luz.

Todo presagia el misterio que, paso a paso, se va instalando: los chicos, sin explicación lógica se ven envueltos en una niebla violeta y para protegerse entre sí, se toman de la mano y forman un círculo mágico. Y nada más mágico que el círculo ya que, desde lejanos tiempos, está asociado a las imágenes aparentes del sol y de la luna y ha sido considerado por los filósofos platónicos y neoplatónicos la forma perfecta.

La magia va “in crescendo”. Primero, una mujer bellísima con ojos color de uvas verdes, cabellos dorados, vestido blanco con flores, liviana, etérea, con fulgor fosforescente –que no es otra que Flora, la joven del cuadro de Botticelli- se aparece a los chicos y los conduce hacia el interior de un galeón español hundido en el siglo XVI. Después, un libro, el libro mágico del espejo que suscita apariciones, devuelve imágenes del pasado, permite pasar a otros lados. Y mágico es el descubrimiento, en ese mismo galeón, de la imagen de Nuestra Señora de las Maravillas. La Virgen que cura a un chico, ante el pedido solidario de quienes hacen un alto en sus aventuras para que el enfermo no deje su mundo, la misma que, más tarde, es a ellos a los que salva de la trampa de las Astutos Ladrones del Reino de los Robatodo.

Los hechos mágicos y milagrosos de La extraña niebla de aquel verano se entrelazan y conforman una trama, una línea argumental con un final abierto a la ensoñación.

El mundo poético de María Guadalupe, sus lecturas, sus inquietudes artísticas han nutrido esta creación.

Resuenan las voces de Rafael Alberti, Antonio Machado, Federico García Lorca junto a su propio decir. Afloran las reminiscencias de los cuentos de hadas con su mundo de maravillas; de Alicia a través del espejo; de Dickens, con su galería de malos. Basta nombrarlos -Mala Leche, Ideas Torcidas, Orejas, el Facha- para que plasmemos sus imágenes y los relacionemos con el mundo de Oliverio Twist.

Y, como, de acuerdo con las palabras de Leonardo, “la pintura es una poesía muda”, María Guadalupe ha conferido vida a una de las jóvenes de La Primavera. Una vida diferente a la de la pintura que quizá reproduce un cuadro vivo presentado en una fiesta cortesana. Ella ha sabido rescatar la sugestión, el mensaje misterioso y fascinante de Flora que, en su libro, asume el papel de amiga con algo de madre o de hermana mayor que guía a los chicos a un mundo de sueños teñido de ternura.

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