El arte de inventar historias: Gianni Rodari

Este escritor, maestro, pedagogo, periodista y militante político nace el 23 de octubre de 1920 en Omegna (Italia). Hijo del matrimonio entre un panadero de nombre Giuseppe Rodari y de Maddalena Aricocchi, quien trabajaba junto a su marido en el negocio.

Abril 2013
Abril 2013


El arte de inventar historias: Gianni Rodari


Fernando Del Río

Este escritor, maestro, pedagogo, periodista y militante político nace el 23 de octubre de 1920 en Omegna (Italia). Hijo del matrimonio entre un panadero de nombre Giuseppe Rodari y de Maddalena Aricocchi, quien trabajaba junto a su marido en el negocio. Ya desde pequeño Gianni fue criado por una nodriza, debido al intenso trabajo de sus padres. Al año siguiente, 1921, nace Cesare, su hermano menor.

En 1929, a causa de una bronconeumonía, muere su padre y los pequeños son llevados a vivir con una tía a la localidad de Gavirate. Dos años más tarde Magdalena hace que Gianni entre en el seminario de San Pedro Mártir, en Seveso (Milán)

Luego, la madre se da cuenta que el elegido no era el apropiado para su hijo y lo traslada al Instituto Magistral, dedicado a las humanidades y en donde toma lecciones de violín y se presenta en diversos lugares con un grupo de amigos músicos.

Mientras tanto, su curiosidad intelectual le animaba a leer obras de autores como Marx, Schopenhauer, Engels, Lenin y Trotski.

En 1937 se graduó de maestro y al poco tiempo se inició como tutor en casa de una familia de judíos alemanes exiliados de su país, que vivía en Sesto Calende:

"Durante el invierno de 1937-38, recomendado por una maestra, esposa de un guardián municipal, fui contratado para enseñar italiano, en sus casas, a los hijos de algunos judíos alemanes que creían —lo creyeron por pocos meses— haber encontrado en Italia refugio contra las persecuciones raciales. Vivía con ellos en una chacra sobre las colinas que bordean el Lago Mayor. Trabajaba con los niños desde las siete hasta las diez de la mañana. El resto del día lo pasaba en los bosques, paseando y leyendo a Dostoievski."

En 1939, se matriculó en la Facultad de Lenguas de la Universidad Católica de Milán, pero no concluyó sus estudios. Por un tiempo dio lecciones en escuelas de distintas regiones de Italia (Ranco, Brusimpiano, entre otras), en las que estimulaba el uso de la fantasía en los niños, que sería un elemento de vital importancia para su futura obra literaria.

Durante la Segunda Guerra Mundial, se vinculó al Partido Comunista Italiano, iniciando su labor como periodista, escribiendo y dirigiendo en L'Ordine Nuovo, publicación partidaria y en donde firma con el seudónimo de "Francesco Aricocchi", transcribiendo leyendas populares y algunos cuentos. Para esa misma época su hermano Cesare es llevado a un campo de concentración nazi de Alemania.

Desde 1945 trabaja en publicaciones regionales como Cinque punte (Cinco puntas), en el Pionere, en Avanguardia, en L’Unitá, en Paese Sera.

Comienza a escribir en 1948 textos para niños, para L’Unitá, cuando se encarga de la dirección de la sección La domenica dei piccoli (El domingo de los pequeños). También elabora trabajos para las páginas de Vie Nuove y Noi Donne, principalmente narraciones cortas humorísticas y coplas relacionadas con la poesía popular italiana.

De estos escritos nacerán sus primeros libros para niños: Il Libro delle Filastrocche (El libro de las retahílas, 1950) y el Romanzo di Cipollino (Las aventuras de Cipollino, 1951).

Según sus palabras:

"Un día, el director del diario decidió dedicar una página dominical a los niños. Yo era el único que había sido, años atrás, maestro de escuela y éste fue el motivo que sugería mi elección. También tenía cierta predisposición por los fragmentos brillantes de fantasía y humor. Empecé a publicar semanalmente retahílas y cuentos cortos en los que reencontraba mi gusto juvenil por los surrealistas franceses que había leído en la biblioteca siendo estudiante. (....) No era un trabajo de despacho, sino en contacto directo con los lectores, los niños y sus familias. No llegué, pues, a los niños por el camino de la literatura, sino por el camino del periodismo (...) En 1950 fui prácticamente obligado, aunque no estaba totalmente convencido, a dirigir un semanario para niños y muchachos (...) En este período, una editorial me propuso publicar un pequeño volumen con retahílas y me propuso escribir un libro, una novela para más señas, sobre los personajes que había inventado para un libro diferente: Cipollino y Pomodoro. La idea me divirtió preparé un esquema (el esqueleto del cuento), me tomé un mes de vacaciones y me hospedé en casa de un campesino en tierras de Módena y en un mes, hice una primera redacción."

Durante la década de 1960, Rodari se dedica a recorrer distintas escuelas italianas, motivado por lasa preguntas de los niños sobre cómo se originan las historias, cómo se crean los cuentos que luego se relatan.

Nace la “Gramática de la Fantasía”

Estas preguntas e inquietudes lo llevarán a escribir en 1973 “Gramática de la fantasía”, una de sus obras más representativas.

Como afirma en el Prefacio:

"No representa —éste es el momento de precisarlo— ni la tentativa de fundar una ‘Fantástica’ en toda regla, lista para ser enseñada y estudiada

en las escuelas como la geometría, ni tampoco una teoría completa de la imaginación y de la invención, para la cual se necesitaría otro aliento y alguien menos ignorante que yo. No es tampoco un ‘ensayo’. No sé muy claramente qué es. Se habla aquí de algunas formas de inventar historias para niños y de cómo ayudarles a inventarlas ellos solos: pero ¿quién sabe cuántas otras formas se podrían encontrar y describir? Trata sólo de la invención por medio de palabras y apenas sugiere, sin profundizar, que estas técnicas podrían ser fácilmente adaptadas a otros lenguajes (...)"

"Yo espero que estas páginas puedan ser igualmente útiles a quien cree en la necesidad de que la imaginación ocupe un lugar en la educación; a quien tiene confianza en la creatividad infantil; a quien conoce el valor de liberación que puede tener la palabra."

En el contacto con los niños, Gianni Rodari toma notas, escucha, observa, con el fin de comprender el mecanismo de la creación de las historias y cómo estimular en los niños el uso de la imaginación, tanto en la escritura como en la lectura.

Encuentra en este recorrido múltiples recursos en el arte de crear historias: el binomio fantástico (donde se combinan palabras que nada tengan que ver entre sí, como punto de partida de una historia), las adivinanzas, el extrañamiento, la mezcla de fábulas, los finales alternativos para los cuentos tradicionales, los juegos de palabras, el uso de la parodia.

Esto lleva a los niños más allá del texto. Los ubica como protagonistas de sus propios relatos, como creadores de sus personajes y mundos, desarrollando así la imaginación.

Sus múltiples actividades tienen un único objetivo: poder abrir en los niños un espacio para la imaginación creadora y que ellos se puedan apropiar de tal espacio, interviniendo en él e imaginando nuevas posibilidades, nuevas alternativas para intervenir en la realidad.

Transformar la imaginación que consume en una imaginación que crea, poder apropiarse de las palabras, jugar con ellas y encontrarles un nuevo sentido:

"Se puede contemplar el mundo a la altura del hombre, pero también desde lo alto de una nube (con los aviones es fácil). Se puede entrar en la realidad por la puerta principal o escurrirse en ella —es más divertido— por una ventanita." (“Gramática de la Fantasía”, página 29)

Al comparar una palabra con una piedra que se arroja en un estanque y produce ondas concéntricas, afirma:

“…Igualmente una palabra, lanzada al azar en la mente, produce ondas superficiales y profundas, provoca una serie infinita de reacciones en

cadena, implicando en su caída sonidos e imágenes, analogías y recuerdos, significados y sueños, en un movimiento que afecta a la experiencia y a la memoria, a la fantasía y al inconsciente, complicándolo el hecho de que la misma mente no asiste pasiva a la representación, sino que interviene continuamente para aceptar y rechazar, ligar y censurar, construir y destruir." (Op. Cit., página 9)

Sobre el juego de palabras, expresa:

"Una manera de hacer productivas las palabras, en sentido fantástico, es deformándolas. Lo hacen los niños para divertirse: es un juego que tiene un contenido muy serio porque les ayuda a explorar las posibilidades de las palabras, a dominarlas, forzándolas a declinaciones inéditas; estimula su libertad de ‘hablantes’, con derecho a su personal parole (¡gracias, señor Saussure!); anima en ellos el anticonformismo." (Op. Cit., página 32)

Y en este fragmento, intenta responder sobre el gusto de los niños por las adivinanzas:

"¿Por qué a los niños les gustan tanto las adivinanzas? A primer golpe de vista, diría, que es porque representan de forma concentrada, casi emblemática, su experiencia de conquista de la realidad. Para un niño el mundo está lleno de objetos misteriosos, de acontecimientos incomprensibles, de figuras indescifrables. Su misma presencia en el mundo es un misterio que resolver, una adivinanza que descifrar, dándole vueltas, con preguntas directas o indirectas. El conocimiento llega, con frecuencia, en forma de sorpresa.

De aquí el placer de probar de forma desinteresada, por juego, o casi por entrenamiento, la emoción de la búsqueda y de la sorpresa." (Op. Cit., página 48)

Y sobre el acto creativo de inventar historias:

"Inventar historias con los juguetes es casi natural, es algo que se produce por sí solo cuando se juega con los niños: la historia no es otra cosa que una prolongación, un desarrollo, una explosión festiva del juguete. Lo saben todos los padres que encuentran tiempo para jugar con sus hijos a las muñecas, a las construcciones, a los autitos: una actividad que de algún modo debería ser declarada obligatoria (y posible, naturalmente).

(...) No se trata ya de jugar ‘en lugar del niño’, relegándolo al humillante papel de espectador. Se trata de ponerse a su servicio. Es él quien manda. Se juega ‘con él’, ‘para él’, para estimular su capacidad inventiva, para proporcionarle nuevos instrumentos que pueda usar cuando juegue solo, para enseñarle a jugar. Y mientras se juega, se habla. Se aprende a hablarle a las piezas del juego, a darles nombres y papeles, a transformar un error en una invención, un gesto en una historia (...); pero también —como hace

el niño— se trata de confiar a las piezas mensajes secretos, para que sean éstas las que digan al niño que se le quiere, que puede contar con nosotros, que nuestra fuerza es suya." (Op. Cit., página 106)

Una obra original

Célebre por su fantasía y por su originalidad, Gianni Rodari realizo un fundamental aporte a la renovación de la literatura infantil en sus innumerables cuentos, poemas y canciones.

Entre sus múltiples obras podemos nombrar: “Los naipes parlantes”, “El tren de las canciones”, “Cebollino y las pompas de jabón”,” Las aventuras de Garabato”, Canciones del cielo y de la tierra”, “Cuentos para jugar”, “Cuentos por teléfono”, “La flecha azul”, “El libro de los errores”, “Los negocios del señor gato”, “Novelas hechas a máquina”, “El juego de las cuatro esquinas”, “Pequeños vagabundos”, “Las canciones del caballo que habla”, “Gramática de la Fantasía”, entre muchas otras.

Era evidente en su obra su preocupación como pedagogo, como educador y trabajador de la palabra y cómo se enseña a leer y a pensar en la escuela:

"Al juzgar los textos infantiles, desgraciadamente, la escuela dirige especialmente su atención al nivel ortográfico-gramatical-sintáctico, que no llega ni siquiera al nivel propiamente lingüístico, además de olvidar completamente el complejo mundo de los contenidos. La cuestión es que en la escuela se leen los textos para juzgarlos y clasificarlos, no para comprenderlos. El cedazo de la ‘corrección’ retiene y revaloriza las piedritas, dejando pasar el oro..." (“Gramática de la Fantasía”, página 123)

Gianni Rodari centraba su labor y obra en un niño que no sea sólo consumidor y espectador de su tiempo y de su cultura. Por el contrario, le interesaba un niño creativo, autónomo, independiente, un creador de valores y de cultura. Y que pueda intervenir en la realidad, transformándola.

Un niño que no se deje llevar por caminos establecidos, que sea ajeno a los conformismos y que pueda liberar su imaginación en esa experiencia de conocimiento. Poder encontrar nuevos problemas en un mundo en cambio permanente:

"’Creatividad’ es sinónimo de pensamiento divergente, o sea, capaz de romper continuamente los esquemas de la experiencia. Es ‘creativa’ una mente que trabaja siempre, siempre dispuesta a hacer preguntas, a descubrir problemas donde los demás encuentran respuestas satisfactorias, que se encuentra a sus anchas en las situaciones fluidas donde otros sólo husmean peligro; capaz de juicios autónomos e independientes (incluso del padre, del profesor y de la sociedad), que rechaza lo codificado, que maneja objetos y conceptos sin dejarse inhibir por los conformismos." (Op. Cit., página 163)

Gianni Rodari ha dejado una obra que continúa siendo vigente. Su pensamiento se mantiene actualizado, aún en tiempos de nuevas tecnologías y globalización.

Más allá de épocas y distancias temporales, Rodari nos permite pensar y descubrir las posibilidades de nuestra imaginación para enfrentarnos a las adversidades. Y la importancia de transmitir estas inquietudes a los niños por venir…

Bibliografía

Rodari, Gianni. Gramática de la fantasía. Introducción al arte de inventar historias. Traducción de Roberto Vicente Raschella. Buenos Aires, Ediciones Colihue/ Biblioser, 2000.

Sitio web (en idioma italiano): www.giannirodari.it