El senador


 

Agosto 2012

EL SENADOR

Por Myriam Goldenberg

Hace un mes que estoy nuevamente en  Buenos Aires.

Tres años atrás, cuando me había recibido de dentista  un amigo  me invitó a pasar un tiempo en Madrid. Viajé a España  y allí,  conocí a Magda, armé un consultorio y me establecí. Todo iba sobre ruedas, tenía una buena clientela,  cuando,  de repente,  se cortó mi relación con Magda y el dueño del consultorio no quiso alquilármelo más.  Esto, más las tristes cartas de mi mamá diciéndome  cuánto me extrañaba la familia, me hizo tomar la decisión de volver a  Buenos Aires.

Me instalé en la casa de mis padres, quienes me recibieron con gran alegría. Ellos viven ahora en un  bonito departamento, en el barrio de Belgrano.                                                                                                                               Traje algo de dinero y, la semana pasada,  lo invertí en comprar un  departamento antiguo en muy buenas condiciones, en el barrio de Colegiales. Ya estaba pensando en cómo amueblarlo, cuando empezaron los problemas con la Inmobiliaria que me lo había vendido. Aparentemente, en la escritura faltaban datos, debía hacerse nuevamente, pero eso me trajo un sinnúmero de dificultades. Recurrí a un amigo  abogado, pero de todos modos el asunto iba para largo. Quedé  bastante descorazonado, además el dinero se me estaba terminando y debía encontrar, sí o sí, una  solución.

Esa noche, cenó junta toda la familia, estaba  también mi hermana Dina con su esposo  Carlos y  Karina, la nena de  cuatro años.  Por supuesto salió el tema de mi departamento. Todos opinaron que convenía buscar alguien ducho en el tema para que me ayudara a solucionar el problema, que mi abogado no servía.

Dina dijo que Carlos tenía un amigo dueño de una importante Inmobiliaria, sugirió que lo habláramos.

Después mamá comentó que quizás valía la pena recurrir a Petete…yo pregunté  quién era Petete, allí todos se sonrieron. Resultó ser  el sobrenombre de uno de mis amigos del secundario, lo había olvidado…

Lo  recordé, era un vago muy simpático que venía a verme todos los días  para que lo ayudara  en matemática…. hacía años que  no sabía de él.  Mamá me explicó que había resultado  muy hábil en política  y  que en este momento era senador  de la nación. No lo podía creer… lo que es la vida. Mamá tenía el teléfono de los padres, ofreció comunicarse con ellos para pedirles el número dPetete. Lo consiguió y al día siguiente, lo llamé a su celular.  

El diálogo se entabló, más o menos, en  estos términos:

-Hola, habla el Dr. Carlos Otini, ¿está el señor Petete?

-Hola, Carlitos, ¡qué alegría escucharte! Creía que estabas en España. Los años que hace que no nos vemos… ¿Estás de visita o te quedás por acá? Tenemos que encontrarnos y ponernos al día…

-Creo que ya me quedo en Buenos Aires, ¿cuándo podemos vernos?  Es cierto, tenemos muchop que hablar…

-¡Qué alegría que me das! ¡Haces muy bien en volver! No hay país como éste!    El  martes te espero en mi despacho, venite a eso de las once de la mañana, estoy muy ocupado, pero para vos siempre hay tiempo!                                                                   

A continuación me dio la dirección del despacho, nos saludamos y se terminó la llamada.

El martes siguiente me presenté en su despacho quince minutos antes de las once de la mañana. Me atendió una morocha preciosa,  que me preguntó a quién buscaba, contesté que al Dr. Pedro Velasco y dije que yo era el Dr. Carlos Otini. Ella me contestó que el Dr. estaba al llegar, que por favor lo esperara. Me instalé en un sillón a leer el diario. Empezó a pasar el tiempo….a las once y media, sonó el teléfono, la morocha atendió. Cuando cortó me dijo que había llamado el senador, que se  había demorado por el tráfico, que por favor lo esperara. Seguí leyendo. Cerca de las doce y media, me di cuenta que nunca llegaría, saludé a la morocha y me fui.   

Al mediodía del día siguiente, increíblemente, Petete llamó a casa, se excusó por el plantón  y  me dio otra cita para  el día viernes a las once de la mañana. Ese día llegué justo a la hora, la morocha se sorprendió al verme. Cuando pregunté por el Dr Velasco me dijo que estaba de vacaciones por quince días….                                           Apenas llegué a casa  llamé a mi hermana y le pedí que me diera el teléfono del amigo que tenía Inmobiliaria. Arreglé una cita con él, lo fui a ver  y cuando le expliqué mi problema me dijo que  me ayudaría, que el asunto era fácil de resolver, así que me quedé más tranquilo.  

El nombre de Petete seguía dándome vueltas en la cabeza, decidí insistir.  Volví a llamarlo al celular, ese día me dio el teléfono de la secretaria, para que yo arreglara la cita directamente con ella.  Cuando llamé al número que me había dado, una vocecita contestó, Telefónica le informa que este número no funciona…. Abandoné la idea de poder ver a Petete….  

El tiempo fue pasando, ya estaba por solucionarse el problema de mi departamento. Mi papá cumplía los 70 años, así que invité a todos a cenar en un restaurante nuevo de Recoleta, muy elegante. Resultó ser un hermoso lugar, adornado con muy  buen gusto. Yo había reservado una mesa cerca de la entrada.  Mientras estábamos disfrutando de la cena, mi hermana me dijo despacito, mirá quien está cenando en el otro extremo del  lugar… me di vuelta y, a pesar de los años transcurridos lo reconocí perfectamente, era Petete con una rubia joven, preciosa. Él no podía vernos porque justo nos tapaba un enorme helecho. Le pregunté a mi hermana, en voz baja, como los había visto, me contestó que  le había llamado la atención porque conocía a la chica. Volví a preguntar, ¿quién es la rubia? Ella me contestó que era su profesora de yoga.

Al día siguiente, por la mañana, llamé a Dina y le pregunté que día ella iba a yoga, así yo la acompañaba. Quedamos en que me pasaría a buscar.  Magda era maniática de la gimnasia y todos los días íbamos a correr, así que yo tenía una colección de elegantes joggings de marca.  Me puse uno de esos, con unas zapatillas carísimas, también de marca y acompañé a mi hermana hasta el gimnasio, que era cerca.  Cuando llegamos, Dina me presentó a la belleza rubia, Nina, la profesora de yoga.   Ella me miró de refilón y vi que sus ojos destellaban observándome, no solo mí. también al jogging… Le hice una larga charla, explicando que acababa de llegar de Madrid, que allí yo hacía yoga y que me interesaba empezar en Buenos Aires.  Nina, muy amablemente, me contestó que yo tenía derecho a una clase gratis  para decidir si me gustaba. Le agradecí, me despedí  y elegí   tomar la última clase  del día siguiente. Llegué al gimnasio usando otro jogging de la colección. Cuando se  terminó la clase, me acerqué a charlar con Nina y directamente la invité a tomar un café. Primero dudó, pero después aceptó.  La esperé y nos quedamos charlando hasta tarde en el café de la esquina. Ella me comentó que una amiga suya era dueña de un gimnasio en Madrid y que la había invitado a  trabajar allá, pero que no se había decidido. Al separarnos me dio su teléfono.

La  semana siguiente  aceptó mi invitación a cenar. Yo  la había buscado por dos razones, una por que me gustaba y otra por  sacar a Petete del medio… pero, poco a poco me fue interesando en serio. Una sola vez le nombré a Petete  le dije que había sido amigo del secundario, ella no comentó nada. En el interín, ya se había terminado el lío con la escritura del departamento, pero… apareció un comprador que ofreció una fortuna. Por otro lado nuestra relación iba viento en popa, de común acuerdo habíamos decidido volver juntos a vivir a España, por  lo que vendí el departamento.

Cuando se lo dije a mis padres, mamá otra vez empezó a llorar pero, entendió que esos eran nuestros deseos.  Para que las familias quedaran contentas  elegimos casarnos antes de irnos.  Allí empezó la discusión de la fiesta….Al final se armó  una pequeña recepción para las familias y algunos pocos amigos íntimos.                         

Listas las tarjetas, tomé una y me presenté en el despacho de Petete, seguía la misma morocha. Le dejé una participación de la boda, y me fui.  Como me imaginaba, al otro día me llamó.

-Hola Carlitos, así que te casas, muy bien muchacho, muy bien, hay que formar una familia.  ¿Y quién es la chica?  ¿Dónde la conociste?, ¿en la facultad?                        

-No, es profesora de yoga, ¿por qué preguntas? ¿La conocés?                                           -Creo que fue profesora de yoga de mi mujer….se llama Dina, ¿no?                             -Sí.  Pero si la conocés, yo te invito al casamiento, ella se pondrá contenta de verte. La verdad es que desde que volví de España siempre estuvimos juntos….

Un silencio y después dijo:

-Me  gustaría mucho estar presente, pero ese día tengo que dar una conferencia en Tucumán, qué pena que no pueda ir, de todos  modos te felicito. Saluda a tus padres de mi parte.

-Muchas gracias amigo, se los daré, Lamento mucho que no puedas estar…

Nos saludamos y terminó la conversación.

El día del casamiento nos llegó un enorme  centro de mesa, regalo de Petete, se lo dejé a mamá. Estamos muy bien y seguimos viviendo en Madrid, ahora somos padres de mellizos, así que mis padres vienen de visita cada vez que pueden.

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