Mi abuela

Mi abuela. Un cuento de Miriam Golgenberg

Diciembre 2011

Mi abuela

Miriam  Goldenberg

Mi abuela Gianna había nacido en un pueblito al lado de Bordenone, en la parte norte de Italia. Creció cerca de las montañas empinadas, en calles que subían y bajaban. Cuando tenía quince años, toda la familia emigró, tomando rumbo hacia Buenos Aires. 

Al llegar los esperaba un tío lejano, que los ayudó a acomodarse en la nueva vida. Mi abuela no podía creer que existieran lugares llanos….miraba hacia todos lados, buscando las montañas, en vano. Poco a poco, se fue adaptando. Al principio vivieron en un conventillo, pero cuando su papá consiguió trabajo en la fábrica y la mamá empezó a coser para afuera, alquilaron una pequeña casita. Mi abuela ayudaba en la casa y con la costura. A los dieciocho años conoció un muchacho de su edad, Francisco, también hijo de inmigrantes italianos que, como ella, soñaba con las montañas. Los dos estudiaron el mapa del país y decidieron que, cuando se casaran, elegirían para vivir un sitio montañoso.

En la casa vecina vivía Marta, una joven maestra de escuela primaria. Francisco y Gianna, se hicieron muy amigos de Marta y pasaban horas con ella consultando el planisferio. Discutían si convenían las montañas altas, del lado de la cordillera de Los Andes o las sierras más bajas de otros lugares. Francisco era un hábil artesano que trabajaba como carpintero, siendo especialista en muebles finos. Un primo que tenía en Córdoba, también carpintero, lo invitó a asociarse con él y así se decidió el lugar para vivir.

Francisco y Gianna se casaron y se instalaron en una pequeña casa en la ciudad de Córdoba. Estaban muy contentos. La sociedad comercial funcionó bien, en dos años se mudaron a una enorme casa antigua, que remodelaron ellos mismos, situada a mitad de camino entre las sierras y la ciudad. Francisco se ocupó de mejorar la construcción y Gianna, que amaba la tierra, plantó árboles frutales, organizó el jardín y armó una pequeña huerta.

Al poco tiempo nacieron los mellizos, Matías, mi papá. y mi tía Carla, por ese entonces Francisco construyó entre los jardines, una hermosa pileta de natación. Los años pasaron, Matías se recibió de arquitecto y se casó con su novia Mirta. Ellos se instalaron en un departamento muy bonito, en la ciudad, donde primero nací yo y dos años después, mi hermano Manuel. Para nosotros, el mejor paseo del mundo era ir a la casa de los abuelos, allí estaba todo lo que amábamos.

Pero las cosas cambiaron de golpe por dos acontecimientos, el primero, Carla viajó a Italia para visitar a los parientes y se quedó a vivir con ellos, después, nos golpeó una terrible tragedia, la muerte de mi abuelo Francisco. Subió a una escalera para cambiar una teja del techo, perdió el equilibrio,  cayó y falleció en el acto. Todos quedamos desconsolados, pero la abuela Gianna se paralizó. No sólo lloraba... No quería ni levantarse de la cama. Después de consultar con médicos especialistas y psicólogos, mis padres decidieron que lo mejor  era que nos mudáramos a la casa grande con la abuela.

En ese momento, yo tenía ocho años y mi hermano seis. Toda nuestra vida cambió, durante  la semana, papá y mamá nos dejaban en la escuela y seguían en el auto hasta la ciudad. Por la tarde, nos traía a casa, el papá de un compañero. La  abuela Gianna nos esperaba siempre con chocolate caliente y bollitos recién hechos. Después de hacer las tareas jugábamos en el jardín o con las bicicletas. Cuando llovía, la  abuela nos contaba largas y maravillosas historias sobre su niñez en las montañas. Para nosotros esos años fueron  inolvidables. Ahora que soy adulto, puedo darme cuenta de que la abuela Gianna era creyente, ya que en el pueblo todos los chicos iban a la escuela católica, pero también es cierto que era muy supersticiosa. De todas las historias que nos contaba, nos quedó grabada  la del ángel.

Una tarde lluviosa y fría de invierno, le pregunté porqué mantenía en la mesa de luz de su pieza, dos candelabros con una vela cada uno, si  siempre tenía a mano dos linternas, en caso que necesitara luz. Ella contestó:

-Por el  ángel.

-¿Qué ángel? -preguntó mi hermano-

-El que sopla_…dijo ella.

Le rogamos que nos explicara de qué se trataba y por primera vez escuchamos la historia.

Empezó diciendo que, cuando  tendría unos diez años fue con otros chicos a bañarse en el arroyo que cruza el pueblo. Se quiso lucir y se zambulló  de cabeza en la parte más honda, con tan mala suerte que  chocó con una  piedra y perdió el conocimiento. La llevaron de urgencia al hospital más cercano.

Todos estaban muy asustados pero afortunadamente despertó en unos minutos, sin otro problema que un gran dolor de cabeza. Entonces su mamá dijo:

-El ángel sopló.

Después le  aclaró que si una persona por un momento corre peligro y después se salva, todo sucede porque un ángel  sopla sobre la persona. Pero al ángel sólo le permiten soplar dos veces en la vida de esa persona, si lo hace una tercera vez es fatal.

La vela se usa para comprobar que el ángel está cerca, ya que con sus alas mueve el aire y la apaga. Por esa razón ella mantiene los candelabros con una vela cada uno en su mesa de luz. Mi hermano y yo quedamos muy impresionados, tanto que estábamos horas enteras hablando sobre el tema.                                  

Un día, al volver de la escuela cuando  yo ya tenía  once años, nos asustó mucho encontrar a la abuela Gianna caída sobre el piso de la cocina, sin poderse mover y muy dolorida. Llamamos a la clínica de urgencias más cercana y se la llevaron en  ambulancia, ya que mamá siempre nos dejaba una lista de teléfonos y un celular, por cualquier eventualidad. Así nos enteramos que la abuela estaba enferma, tenía un problema serio de corazón.

Estuvo internada casi un mes. Durante ese tiempo en casa ayudó doña Gervasia, que nos cuidaba muy bien, pero para nosotros no era lo mismo que la abuela, la extrañábamos mucho.

Cuando volvió  a  casa, se la veía delgada,  ojerosa, y, parecía hasta más bajita, tardó un tiempo en recuperarse, yo siempre creí que había cambiado mucho.  Se la veía como asustada, hablaba poco y  necesitaba tener un candelabro cerca. Si se sentía mal, antes de tomar la pastilla, apretaba el candelabro con la mano y observaba si la vela se movía o no. Doña  Gervasia siguió trabajando en casa todo ese tiempo. La abuela Gianna, todos los días, después de desayunar en la cama, se ubicaba en un sillón del living, apoyaba el candelabro en una mesita cercana y no se movía de allí. Dormitaba mirando la televisión. Todos estábamos pendientes de ella y no sabíamos como ayudarla, pero afortunadamente, con  pastillas, descansando y siguiendo crudo un régimen especial, mejoró poco a poco, en unos meses la vimos más animada. Hasta empezó a cocinar de nuevo, eso sí, lentamente, no podía hacer esfuerzos.                              

Mis padres decidieron que por su mejoría merecía algo especial, y  organizaron una gran fiesta en su honor. El pretexto fue  festejar su cumpleaños número setenta y ocho. Invitaron a los  parientes de Italia, a los viejos amigos de Buenos Aires y, por supuesto también a los de Córdoba y sus alrededores. Llegaron primos, tíos y vecinos de su pueblo de Italia, también mi tía Carla con su esposo friulano y su hijito de seis años. Por supuesto estuvo  Marta, la maestra porteña con su familia y mucha gente más.

El festejo, que se hizo los jardines de la casa, empezó con un desayuno especial, siguió con gran asado al mediodía y, pastas y baile por la noche. Mi abuela se sentía, inmensamente feliz, todo el tiempo abrazaba y besaba a su  nuevo nietito italiano y se reía a carcajadas con los invitados. Claro que no podía estar siempre presente, pues a ratos debía descansar. Mi tía Carla y su familia, se quedaron en la casa  una semana, los otros invitados se volvieron a los dos días.                    

Todo iba muy bien, pero  unos quince días  después de la celebración, la abuela Gianna amaneció quejándose de una terrible puntada en el pecho. La acostamos en su cama y llamamos urgente al médico. Mi hermano apareció con algo que  escondía dentro de una caja.

-¿ Qué tienes ahí? -le pregunté-. Me hizo una seña para que me callara y me mostró lo que llevaba, era un pequeño ventilador de mano.

  • Es para la vela de la abuela -me dijo. Entonces entendí. Acercó el ventilador funcionando por detrás y le dijo:

-Abuela, quedate tranquila, la vela se apaga. Ella se distendió, él prosiguió:

-El ángel sopló ya, todo estará bien.

Cuando el médico llegó, ella, ya más tranquila, dijo que  se sentía  mejor.     

En los años siguientes, no  hubo ningún otro episodio parecido. Creo que ella conociendo su debilidad, se cuidaba más.

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La abuela Gianna falleció a los ochenta y tres años. Nunca lo olvidaré, estábamos a la mitad de un invierno muy crudo, frío y lluvioso. Ese día  no se levantó de la cama, se sentía muy débil. Solo nos llamó a la hora del desayuno para que alguien encendiera  uno de los candelabros de su mesa de luz. Mamá  llegó  primero, encendió la vela,  la sentó en la cama y le acercó una bandeja con el té y las tostadas. En ese momento, todo sucedió de golpe, en un instante una gran ráfaga de viento abrió la ventana, la vela se apagó,  y  mi querida abuela apoyó la cabeza en la almohada cerrando sus ojos para siempre.

Ahora soy un hombre adulto, tengo ya mi propia familia. No soy religioso y nunca lo he sido, pero en mi mesa de luz tengo uno de los  candelabros. al lado de su foto. Cuando abro los ojos, lo primero que veo, todos los días, es a la querida abuela Gianna en sus mejores años.

El otro candelabro lo tiene mi hermano.   

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