El salon

Un cuento de Myriam Goldenberg

Mayo 2011

El salón

Myriam Goldenberg

¡Qué calor hacía en la calle! Yo sabia que llegaba media hora tarde. Marta se enojaría conmigo.

Al pisar el salón sentí un inmenso alivio, el ambiente estaba refrigerado y en penumbra. Se veían mesitas alrededor de una pista de baile y en un ángulo, un pequeño escenario. Ella me esperaba. La saludé y le entregué su regalo (un bonito chal), ya que era su cumpleaños. Ese fue el pretexto para conocer el lugar.

Marta y yo somos amigas desde el secundario, en esa época éramos vecinas. Cuando su familia se mudó, mantuvimos la relación. Los años pasaron, yo terminé el Profesorado de Inglés y comencé a trabajar, después me casé. Ella se decidió por Enfermería donde hizo toda una carrera, llegando a ser Jefa de Enfermeras, pero se mantuvo soltera, vivía con su mamá. Hace cuatro años yo enviudé, un año después murió su mamá. Mis dos hijas se casaron. Como Marta y yo quedamos solas al jubilarnos, nos acostumbramos a salir juntas los fines de semana. Siempre nos llevamos muy bien, nos gustaban las mismas cosas: las buenas pilchas, la música y viajar, cuando se podía. Como ninguna de las dos disponíamos de mucho dinero como para comprar ropa de marca, le comprábamos a la Chechu, una hábil modista que tenía un local en Barrio Norte, donde vendía ropa y accesorios de moda, pero de segunda. Éramos sus mejores clientas.

Sigo con lo que pasó aquella noche. Ya estábamos sentadas en el salón, observando, cuando llego la orquesta típica y empezaron los tangos. En un ratito, todas las mesitas se habían ocupado. Como Marta es una hermosa mujer, a los dos minutos un señor la había invitado a bailar. En una media hora, la orquesta tomó un descanso e inmediatamente se escucharon grabaciones de cumbia, merengue y pasodoble. Me di cuenta que un señor muy elegante, sentado en la mesita de al lado, me estaba observando; en ese momento, ¡EL APAGON! La luz se cortó y se escucho un ¡OHHHH! de la gente. Alguien explicó que todo se solucionaría enseguida y así fue, en unos minutos teníamos música y luz de nuevo. Mi vecino se decidió y me invito a bailar, así que me entretuve bastante. El hombre era agradable, me contó que era viudo, ingeniero, trabajaba en un ministerio. A las 2 de la madrugada, me dijo que debía irse, pero me dejó escrito su teléfono y los horarios en que lo encontraría. Un rato después también nos fuimos nosotras, pero antes pasé un mal rato, ya que no pude encontrar mi carterita, ésta había desaparecido. Afortunadamente, yo tenía el dinero, el documento y las llaves en mi bolsillo, sólo había perdido en resumen un lápiz labial y un espejito.

La semana siguiente llamé varias veces al ingeniero, pero siempre me respondió un contestador, así que olvidé todo el asunto. Al mes llamó mi prima Luisita, que ya suponíamos en la familia que quedaría para vestir santos, para avisarme que se casaba con un escribano viudo setentón, de elegante familia. Nos invitó a la boda, que sería en un renombrado hotel. Por supuesto que al día siguiente yo ya estaba en lo de Chechu buscando un vestido adecuado, tuve suerte y encontré uno blanco, con encaje, que me sentaba muy bien, además, iba a estrenar unas hermosas sandalias blancas, sólo me faltaba una carterita que hiciera juego. Busqué en el cajón de las carteras y, ¡oh, sorpresa!, lo primero que veo es la carterita que perdí en el baile. Arrinconé a la Chechu para que me dijera su procedencia, y resultó que venía en un lote vendido por la mujer del portero del edificio de la esquina, parece que las señoras elegantes le daban bolsas de cosas que ya no querían. Quise averiguar más, pero la Chechu se retobó, ya sabés suficiente, me dijo, no quiero líos….

Salí enojada y llamé a Marta para pedirle consejo, pero me dijo que me dejara de molestar con el asunto, que yo no era Hércules Poirot….

Lo seguí pensando. Al otro día, temprano me puse unos anteojos ahumados y me instalé en el café, enfrente del famoso edificio, para observar la gente que salía de allí, pero nada. A eso de las ocho y media, veo que aparece el “ingeniero” del salón de baile, en remera, chancletas, con un balde, cepillo y manguera y comienza a baldear la vereda… No tuve más remedio que reírme.

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