La página del cuento: Alberta

Un cuento de Luis Alberto Guiñazú.

Mayo 2009

  • Alberta

Luis Alberto Guiñazú

En una fría y nubosa mañana de octubre, Alberta cumplía treinta y ocho años. Ella no los festejaba, ni sabía que los cumplía. Los que la conocían le calculaban más de cincuenta años.

Ese día, Alberta, entre montañas de basura, rezaba para que la Virgencita la ayudara a encontrar algo útil. De pronto, el viento sur amontonó más nubes.

En una bolsa media rota, que dejaba ver sus vísceras de latas, cartón y restos de comidas, entrevió un pedazo de una tela muy fina. Tironeó de ella, pero la tela estaba trabada y resistió sus intentos. Rompió el nylon que la cubría, y tiró con más fuerza del pesado envoltorio.

-¡Gracias Virgencita por escuchar mis ruegos! –murmuró metiendo las manos desnudas entre los desperdicios y con esfuerzo sacó el envoltorio.

Por el rabillo del ojo vio a su pareja que, de lejos, le hacía señas, quería que le ayudase a mover algo.

En su egoísmo de años de indigencia ocultó su botín. Lo sabía colérico, por eso se apuró en llegar a su lado.

El hombre con el que compartía su vida, había hallado un cargamento de golosinas. Estaban vencidas en más de dos años, pero él lo ignoraba, nunca aprendió a leer, aunque si lo supiera, tampoco le importaría.

Alberta, entusiasmada, casi dijo de su secreto, pero se contuvo. Confiaba en que su hallazgo la ayudaría a salir de allí. No pensaba su futuro junto a ese energúmeno.

En tres viajes cargaron todos los paquetes hasta el rancho, una mezcla de latas, cartones, ladrillos y ramas con que se reparaban de la intemperie.

Ella lo dejó evaluando su trofeo y regresó al escondrijo.A cada paso espiaba por sobre el hombro, por si el hombre sospechaba algo y la seguía.

Se paró en seco. Hacia ella caminaban los hijos del “Negro Cara e´Morcilla”, los conocidos hermanos “gallos viejos”. Les teme, son provocadores, perversos, con fama de asesinos. Sólo llegaban hasta la quema cuando no encontraban otra forma de conseguir dinero para comprar droga. No dudarían en robarle y si se diera la ocasión, hasta violarla.

Rezando, para que no encontraran su tesoro, regresó sin ganas con su compañero. Él no era mejor que aquellos; pero por lo menos sabía manejarlo y también correr cuando comenzaba a enfurecerse. Estando borracho, sus tormentas iracundas se desataban sin previo aviso ¡Por que sí! Tal vez para demostrar su hombría o para descargar la frustración de tantas necesidades insatisfechas.

Un trueno sacudió el aire; la tempestad se desató.

Alberta apartó el cartón que hacía las veces de puerta y espió hacia afuera. Ante una mirada amenazadora, dijo:

  • Voy a salir

Él se encogió de hombros. No tenía nada de extraño, a los fondos del mísero terreno había una letrina no mejor que la covacha.

Salió a la intemperie, el agua había espantado a los intrusos. El chubasco era un verdadero diluvio. Llegó a su escondite empapada y embarrada.

Movió el cartón cubierto con desperdicios que usara como tapadera. Abajo, seco, estaba el objeto de su esperanza. Con innata costumbre de animal acosado, miró alrededor para asegurarse su soledad.

Abrió el envoltorio.

Por la frialdad marmórea, pensó en una estatua.

¡Pero no!

A pesar de la lluvia, que le dificultaba la visión, observó a una criatura recién nacida que aún tenía el cordón umbilical enroscado en su cuello.

Por instinto lavó con el agua de la lluvia la carita.

La traspasó un estremecimiento de dolor maternal.

Reconoció algo en esa pálida faz. Le recordaba a alguien.

¡El lunar! Igual al de su hija; esa niña que, apenas nació, ella dio en adopción hace ya quince años, igualito al que ella, sobre la ceja derecha. Y rompió en sollozos.

Estuvo así, toda la noche estrechando contra su pecho a aquella criatura, hamacándola; hasta que el servicio municipal la retiró para internarla preventivamente en un hospicio. La justicia le ordenó permanecer internada en ese lugar.

La consideraban culpable de haber matado a su hija. Nadie del asentamiento se presentó a declarar, ni siquiera su compañero, que huyó para que no lo culparan de cómplice.-

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