La carta

Un cuento de Andrea Canté

Diciembre 2008

La carta


Andrea Cante



Imaginad ahora, si vuestro ánimo

resiste, los pensamientos de todos

estos hombres condenados en un

mismo instante ante la conciencia

de su muerte.

G. Papini El Espejo que huye



Recibió la carta con cierto estupor.

No eran buenas noticias desde tan lejos, especialmente cuando tanto tiempo de silencio se había hecho costumbre en esta familia.

De cualquier modo, firmó el acuse de recibo que al descuido le alcanzaba el cartero y luego de cerrar la puerta de calle, se sumergió en la penumbra que jugaba con algunas señales de luz que venían de la farola de la calle.

La carta era de su tía Matilde. Era su letra. Estirada y muy fileteada. Se acomodó en su viejo sillón de cuerina y comenzó a leer.


Querida Analía: a pesar del tiempo transcurrido y la distancia que el mismo ha obligado a nuestra separación, tengo que comunicarte el triste desenlace de la enfermedad de tu tío Martín.

Bien sabes de su permanente lucha por doblegar el dolor, y aún a pesar de sus innumerables esfuerzos, ha sido en vano. Nos ha abandonado a todos, dejándonos sumergidos en un profundo dolor y desconcierto.

Adjunto a la presente copia certificada de su última voluntad, donde podrás observar que a pesar de todo, aún en sus últimos días de vida, no menguó su extraño sentido del humor; el que muchas veces nos llevó a pensar que más que enfermo, estaba totalmente loco.

Te abrazo en la distancia.

Tu siempre tía.

Matilde.

Ella bien recordaba a su tío Martín algo distinto al resto de sus parientes. Sus bigotes espesos que lo hacían parecer más una morsa que un ser humano; su risotada gorda y vigorosa y la picardía en sus ojos, que más que una mirada, eran un permanente descubrir cuál sería su próxima ocurrencia; y más aún quién sería el o la destinataria de su maldad oculta.

Tomó el papel testamentario y lo abrió cuidadosamente, temiendo un gesto último de su tío, más allá de palabras escritas y lo leyó.


Yo Martín Utierrez, en mi sano juicio, ante Dios y la ley, deseo expresar mi última voluntad para mis seres queridos (y no tanto), por lo que dejo expresas instrucciones respecto a mis bienes terrenales (de los espirituales me encargo yo) y su destino entre los que aquí detallo.

Algo le sorprendió respecto a la diferencia entre los que amaba y los no tanto. El tío Martín tenía sus predilectos y lo hacía saber aún cuando sus gestos provocaban furia y algo de dolor.

Para mi amada esposa Matilde cedo en su totalidad mis bienes, que están ubicados en el Partido de Dolores, Provincia de Buenos Aires.

Para mis hijos Estanislao y Margarita cedo la totalidad de mis bienes, que están ubicados en el Partido de General Pueyrredón, Provincia de Buenos Aires.

Para mis sobrinos, hijos de mi hermana Sofía, cedo la totalidad de mis bienes ubicados en la Localidad de Epuyén, Provincia de Neuquén.

Y para mi sobrina Analía, hija única de mi hermano Antonio, cedo la totalidad de mi biblioteca personal, a la cual, sólo accedrá previa búsqueda d la llave de la confianza y la tenacidad.

Para mis abogados, amigos de toda la vida, Doctores Montoto y Arrazabal, los honorarios correspondientes guardados en el Banco de siempre.

Es todo cuanto puedo decir.

Firmado: Martín Utierrez.


Ah, bueno; el tío se había jugado a pleno por ella. Qué podía hacer con una biblioteca si apenas tenía lugar en su monoambiente para encontrar las pantuflas, que artera y sistemáticamente, su gato Carbón se empecinaba en esconder.

Guardó todo y se dispuso a pensar en el regreso a su familia tan lejana.

Al día siguientes se encontró con Mabel a quien le comentó sobre su “gran fortuna” y luego de abrir sus ojos de manera incrédula, le dijo “y andá y fijate de qué se trata todo eso; por ahí, tenés suerte y te encontrás un fantasma y te hace compañía en tus largas jornadas”.

La miró y pensó mejor no contestarle, un poco por respeto y otro poco porque no encontraba las palabras justas para decirle lo que sentía.

A la tarde viajó hasta la casa de los tíos. El caserón, en pleno Barrio de san Telmo, conservaba la misma pesadez que recordaba de su niñez. Nada de sol, escaso verde y lo que cubría los escalones, daba la sensación de querer atrapar los pasos de quienes no se atrevían a pisarlos. Por supuesto, la puerta cancel carecía de timbre. Un antiguo llamador fue lo único que hizo ruido entre tanto silencio.

La puerta se abrió sola o ella simplemente por un temor interno, la empujó como pidiendo perdón por la intrusión. Adentro todo era lúgubre. Una vieja lámpara vislumbraba algo de luz pero no llegaba a parecerse en nada a los 220 voltios de la actualidad. El piso crujía a cada paso que daba y por más que intentaba no hacer ruido, se sentía como un elefante en un bazar. Faltaban sonidos de trompetas triunfales y un maestro de ceremonias dándole la bienvenida. Un espanto. Sus manos sudaban frío de terror y sus ojos temían ver más allá de la nada.

Atinó a tomarse del pasamanos de la escalera de mármol de carrara y pudo sentir cómo el frío le helaba la sangre y la devolvía a su niñez cuando junto a sus primos jugaban a deslizarse por el largo tobogán en las tardes de verano.

Con un hilo de voz trató de llamar a su tía Matilde pero sólo notó como el eco se perdía entre rincones y pasadizos del gran hall.

Nada. Silencio.

Nuevamente intentó llamar y muy lejos, demasiado, presintió un sonido algo gutural, algo oscuro que venía de la cocina. Se acercó con sumo cuidado, con bastante miedo, más aterrorizada aún, y tomando aire de la nada abrió la puerta. Allí estaban. Todos. Cada uno de ellos. Martín a la cabecera de la mesa extensa. A la derecha tía Matilde y enfrentados sus primos hermanos. Su corazón se detuvo en un grito ahogado y apenas pudo balbucear un qué diminuto, casi imperceptible al oído humano. Su madre se hallaba recostada sobre la mesada y su papá Antonio junto a la cocina a carbón.

Sin entender, y al ofrecimiento de su tía Matilde tomó sitio a la otra cabecera de la mesa y se sentó dura como una estaca. Podía sentir cada músculo de su cuerpo como se tensaba cual cuerda de piano, y escuchaba como su respiración agitada se arremolinaba en su cerebro.

Nadie mencionaba palabra. El silencio se hacía profundo y lastimaba sin piedad.

El tío Martín le señaló la puerta y como una autónoma se levantó y se dirigió hacia la biblioteca en el otro salón. La madera era gruesa y oscura. Parecía más un bosque de terror y no un lugar donde habitaran libros e historias. Como pudo, y con sus ojos acostumbrados a la nada de luz, se acercó tímidamente a los estantes. Comenzó a tocar los lomos de los infinitos libros que llenos de polvo, parecían estremecerse al sólo tacto de sus dedos.

Uno a uno fue descubriendo sus olores y colores. Abrió varios de ellos como intentando encontrar la famosa llave de la cual fuera destinataria, pero todo fue en vano. Todo era silencio. No había nada.

De pronto algo le pareció diferente. Era un libro muy pequeño y junto a los otros, parecía esconderse de su vista. Logró tocarlo y lo agarró entre sus manos. Se agitó por un momento. Lo miró seria y lo tomó con más fuerza. Cedió ante la presión y pareció relajarse ante sus caricias. Entonces la reconoció y ella a él.

Sus colores eran pálidos y más parecían acuarelas que brillantes óleos. Su título se escondía como con vergüenza, pero de a poco se dejó ver. Era él. El libro de cuentos. Su libro de cuentos. El de ellos. El del tío Martín y el de su niñez.

“El fantasma y su pequeña amiga Analía – una pequeña historia para un gran amor inconcluso”.

Se estremeció y por poco se pone a llorar. Amaba ese libro y toda su niñez se presentó ante ella sin vergüenza. Le apretó muy fuerte el alma y abrazándola le acarició la memoria.

Tomándolo muy fuerte contra su pecho pudo notar como los otros libros recobraban sus colores, olores, desaparecía el polvo de sus lomos elegantes, y parecía que las letras gritaban todas juntas sus frases escritas por famosos autores.

Como una vasta paleta de colores, la biblioteca se pobló de luz y desapareció la penumbra y la humedad.

Miró llorosa hacia la cocina buscando la mirada de su familia, pero estaba vacía. No estaban su tío Martín, su tía Matilde, sus primos, su mamá, su papá. La soledad poblaba aquel espacio y sola se encontró en la casona de san Telmo y recordó. Ellos ya no estaban. Todos habían muerto. Ellos eran su memoria, su recuerdo. Ella simplemente se había obligado a olvidar. Y allí se había convertido en un fantasma sin reflejo ni memoria. Ella también había muerto sin morir.

Y había regresado allí, a buscar un viejo amor de su niñez para volverse a enamorar de su existencia ahora.

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