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Viaje Lineal
Es el miedo a morirme, no sé, quizás es el calor que ahoga el alma cuando me sumerjo en ese pozo sin fin que todo lo traga, hasta su destino. No sé, quizás, hoy no es un gran dÃa. Pero lo tomo, como todas las mañanas, a eso de las ocho y cuarenta y cinco.
Pispeo el tren que vomita el caudal de gente que deseperada, corre para tomarlo.
Calculo, espero y lo dejo pasar. Por ahà el próximo y viajo con algo más de dignidad. No me siento una vaca para el matadero.
Estoy ahà nomás del cementerio que callado me susurra vidas que no están y me recuerdan, en silencio, que no vale la pena tanto como yo creo.
Estás y no estás. Es asà de fácil la vida.
Me ahogo, me empujan, empujo y lucho sin armas ni estrategias por conseguir ese rincón imaginario para sumergirme en ese mundo del libro que me dura pocas estaciones; pero es el único momento de silencio; con tanto muerto a mi alrededor.
¿Qué les pasa? ¿No reaccionan ante nada?
Alguien grita. Una cartera quedó atrapada en la puerta de acceso.
Sangre. Dolor. Llanto.
El guarda interviene. Consuela. Pero también reta.
Necesitamos esos lÃmites ingenuos. Como si fuéramos niños pequeños.
Las estaciones pasan como pasa la vida. En silencio y expectantes ante cada cambio viejo.
Entre estación, una alcantarilla susurra el gorgoteo de un llanto y una mano se extiende en la búsqueda de una moneda que salve tanta miseria humana.
A lo lejos una canción susurra el sueño de quienes logragron encontrar el lugar donde depositar por minutos, el cansancio que dura un instante.
El libro me relojea el alma y me avisa que no le estoy prestando atención.
Ya estoy cerca y la vida me dura tan poco, aquà debajo de la nada y de todo.
Y me pregunto, ¿Qué pasará allá arriba mientras aquà abajo el trayecto es tan recto, tan simétrico.
Se escucha una frenada. ¿O la imagino?
¿Quién será el tarado que se apura con este tiempo y no puede esperar el cambio de tiempo?¿Habrá sucedido o será mi sueño?
Que terror darse cuenta que lo lineal de mi cotodiano viaje, está tan tan repleto de serpentinas memoriosas que se escurren en mi memoria.
Llego. Pido permiso pero no me escuchan. Solo me oyen.
Como parte del ganado que recorre la milla de la muerte, sigo el camino de una masa que me es conocida.
¿Por qué no los saludo?
Les reconozco los olores, los sueños, los tiempos, el cansancio, las ganas de hablar y comentar sus dolores y sus alegrÃas.
Pero sigo de largo.
La esquina me abraza en un gesto de humedad y resignación. Saludo al diariero a quien jamás le compré nada,… pero lo reconozco.
Acá nomás me reencuentro con la historia de todos los dÃas. Como tantos y en cualquier parte del mundo.
Me siento parte de algo y de la nada.
Llego y la noticia me paraliza el corazón… Y ya lo sabÃa.
Se murió Javier. Un pibe, un compañero.
Algunos lo sienten. Otros… no entienden nada.
Se me mueve adentro del alma el trayecto de todos los dÃas.
Me corcovea la voz del profesor, discutiendo conmigo sobre literatura y defendiendo lo imposible: Boca y River, padre e hijo. ¡Qué te pasa !!!
Pero nos respetamos y me ayuda, antes dudas de cómo escribir sin saberlo, acerca de la muerte y de la vida.
Pero se fue. Y con él una historia. Y que no es de terror.
El terror es escribir sobre la muerte y el no darse cuenta de la fiesta diaria.
Del abrazo que no di y del silencio que llené de palabras estúpidas.
El dÃa me serpentea el alma y las palabras se me acurrucan en el oÃdo, necesitando ser escuchadas.
No son papeles; solo palabras importantes.
Vuelvo al viaje subterráneo. Me empujan. Me miran con pelea.
Encuentro un sitio. Mi lugar y rescato mi libro.
Lo abro con respeto pero me pierdo en el primer renglón. Está difÃcil el tema…
Escucho los ruidos de arriba y me imagino que él no los volverá a escuchar nunca más.
Otra frenada más y van…
¡Qué desprecio hacia la vida!!!
Me estiran una mano y yo no quiero mirar a los ojos que la guÃan.
No tengo coraje. De verdad.Me avergüenza tanto silencio comprimido.
Llego a mi destino.
Es el cementerio. Donde todo acaba. Donde todos los dÃas comienzo mi historia…
Che…¿ Y si me mudo con la familia por acá?
Tiene cierta onda, ¿verdad?… ¡De terror!!!
Una escalera sin fin. El molinete que no funciona pero a quien le conozco el juego.
Quizá lo haga para que alguien le preste atención. Después de todo, es él quien deja o no deja pasar; y es importante en el sistema de abajo.
El calor que me abraza la garganta, me sacude el alma el frÃo y la lluvia.
El kiosco y la sonrisa de la señora de todas las tardes de mi vida.
Cruzo mal la avenida donde me espera el colectivo que siempre me aguante el semáforo cruel.
Noto una alcantarilla.
Siempre estuvo, supongo, porque está sucia, oxidada.
Tiene, sin duda, su propia historia.
Si hablara serÃa un libro infinito. Pero calla, sabiamente. Son pocos los dispuestos a escuchar verdades.
Pero la miro y le sonrÃo.
Después de todo, le paso por encima todos los dÃas desde hace varios años. Jamás la vi. Qué error.
El semáforo y la posibilidad de llegar , ¿a tiempo?
Me freno porque sà y regreso, como el molinete.
…
Ahà está. Como todos los dÃas subterráneos, silenciosos y rectos, de dieciséis minutos de luz de tubo, con las mismas caras, los mismos olores y susurros de sueños inconclusos.
…
Veo su mano blanca y una flor que jamás llegó a destino.
…
Su nombre y la dicotomÃa. …
Un compañero y una palabra que solo unos pocos se animan a decir,… porque no recuerdan.
Como el viaje. Recto. Serpeante. Silencioso.
Como todos los dÃas. …
Y pensar que salgo del cementerio!!!
Cierro mi libro que angustiado, debe esperar hasta mañana para un poco más de atención de mi parte.

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Un relato de Andrea Canté.