
Páginas literarias: El departamento
En el barrio de Almagro, para ser mas exacto "El Abasto" se erigÃa un edificio conocido por los vecinos como la casa de "Los solos". Este mote se debÃa a que cada departamento lo habitaba una persona de considerable edad, solo dos estaban vados y uno de ellos habÃa pertenecido a una mujer que presentaba un gran desequilibrio mental.
Durante sus últimos años vivió encerrada en el departamento y en su propia soledad, quizás esto hizo que se acentuara su inestabilidad, o esta la en cerro a ella.
El olor acre, las paredes derruidas, la suciedad y la oscuridad, convertÃan su casa en algo lóbrego y se decÃa que un vecino habÃa sido amenazado con un estilete, y es verdad, casi muere, mas del susto que de una puñalada.
Asà termino sus dÃas, internada en una clÃnica psiquiátrica donde para calmarla le propinaban duchas de agua helada. No puedo sentir dolor, no significaba nada para mi, solo era la hermana de mi madre.
Pero esto no es lo que realmente importa, habÃa muerto y mi progenitora, única heredera, me cedió la propiedad.
Cuando entre en ella tuve una sensación de aversión. Muy pequeño habÃa visitado a mi tÃa cuando esta aun se hallaba con sus facultades mentales lucidas, pero los años habÃan malogrado el lugar. Transformarlo fue una aventura que mi mujer y yo vivimos durante dos largos meses.
Ahora solo queda un departamento vado, el lindante al nuestro.
Desde que nos mudamos siempre nos extrañó que de el nunca entrara o saliera persona alguna, ni cartas ni boletas llegaban con esa dirección, y fueron muchas las veces que hablamos con nuestros vecinos con el fin de conocer a quien le pertenecÃa, ya que desde afuera se podÃa observar que las ventanas y persianas se encontraban abiertas.
Solo una de las vecinas nos contó que en el vivÃa un anciano y que al dejar de verlo presumió que se habÃa internado solo en un geriátrico.
Siempre fuimos los únicos a los que nos inquietaba saber sobre esta persona o sobre su paradero, tal vez se debiera a que vivÃamos al lado o al miedo a que un extraño lo usurpara al estar abierto.
La puerta principal permanecÃa cerrada pero llamaba nuestra atención la cantidad de insectos que de el salÃan. Pasamos por una invasión de moscas y cucarachas y solÃamos imaginar que estaba habitado por otras alimañas que no pasaban por debajo de la puerta.
En varias ocasiones, los vecinos hablábamos de entrar y cerrar todo, pero la decisión nunca se tomaba.
Asà paso el tiempo y luego de tres años de idas y venidas no llegamos a nada.
Una mañana, lleno de hastÃo por las sucesivas plagas de sabandijas, las filtraciones de agua y su salida por debajo de la puerta con excedente de basura, todo esto a raÃz de las incesantes lluvias que penetraban por las ventanas abiertas, decidà forzar la entrada para finalizar con los problemas que ocasionaba.
Junto a mi mujer y la vecina, puse manos a la obra y la puerta cedió fácilmente, sin hacer demasiada fuerza. Ingresamos en el lugar y evoqué la sensación que alguna vez habÃa tenido al entrar al que es ahora mi departamento.
Todo se hallaba ordenado. Una mesa con un taz6n y un plata sucios con restas de lo que alguna vez habÃa sido comida. El mobiliario era antiguo y pese al polvo, se podÃa observar su belleza, los techos y las paredes estaban arruinadas y el piso mojado y levantado. Se oÃa el goteo continuo de una filtración sobre el agua acumulada en tres tachos que rebasaban.
Mientras las mujeres se dirigieron a cerrar las ventanas del comedor, yo avance hacia los otros ambientes para verificar si en ellos existÃa otra abertura para cerrarla. Al hacerlo no podÃa evitar sonreir pues escuchaba las continuas quejas de mi mujer par las aranas y cucarachas que esquivaba a su paso.
Cuando uno entra a un lugar desconocido puede a través de los objetos percibir como son las personas que viven en el y eso es lo que a mi me ocurrÃa a medida que entraba en las habitaciones. Me dirigà hacia un salón no muy grande, allà habÃa una cama sin colchón pero llena de cajas de sombreros vacÃas, supuse al verlas que los coleccionaba. Me acerque a la ventana e intenté cerrar la persiana. Evitando las aranas ya que me habÃan contado, cuando era niño explorador, que ciertos arácnidos momificaban la carne alrededor de la picadura con su veneno. Este pensamiento hizo que me estremeciera pero si las mujeres lo habÃan logrado yo debÃa seguir adelante.
Luego entre al baño del que salÃa un hedor fétido. Miré la cocina que estaba muy sucia pero ordenada como el resta de la casa y por último entré en la habitación restante y lo primero que vi fue la ventana abierta, una cama, un ropero, sombreros de distintas clases colgados de la pared, la mayorÃa perforados por las polillas. Cuando di dos pasos para cerrar la ultima ventana abierta, tropecé con un bulto semienroscado en una sábana. Me detuve en el acto, de los tres era yo el mas sosegado y no podÃa asustar a mis acompañantes.
Durante los anos que vivimos en el edificio, bromee acerca del anciano al que ni mi mujer ni yo conocÃamos, pero lo que estaba viendo superaba la realidad que se ofrecÃa a ante mà y me mostraba la verdadera cara de la soledad. La casa de "los solos" la llamaban y en ese momento comprendà por que y entendà que mis sarcasmos con el solo fin de asustar a mi compañera se debÃan a una revelación que quien habÃa habitado ese lugar me hada. Solo. Es asà como murió y es asà como yo lo encontré, con gran horror vi que del bulto tirado en el piso salÃan los huesos de manos y de piernas, pero mi alma de niño explorador que yo creà haber perdido pudo mas que el miedo.
Tire de ese manto y vi, con angustia, lo que quedaba de mi anciano vecino. Su cuerpo estaba momificado y comido por las cucarachas que salÃan de el ante mi presencia.

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Un relato de Eduardo Miguel Bárcena GarcÃa.