
El Gato
La noche teñida de otoño llegaba silenciosa, abrazando como al des cui do la calle desnuda, profunda y oscura.
Sus pasos latÃan como un eco perdido en la absoluta soledad. Una o dos ventanas palidecÃan bajo el sopor del sueno. Sola. Nadie mas que ella y su pensamiento mezclado con el gris del empedrado.
Tres cuadras mas y su casa esperando. El dÃa largo se le habÃa colado entre los dedos y se filtraba en sus ojos opacados par el cansancio.
Dos cuadras mas y el comienzo de la búsqueda eterna: sus llaves .. Dos cuadras mas y un rio de luz bajando por el perfil de su puerta. Donde, donde estaban las malditas llaves ...
Una cuadra. La mas larga, casi eterna.
De pronto, de la profundidad herida del silencio, lo escucho. Lo escucho como se escucha una voz lejana, aguda.
De donde seria, quien serÃa ...
Camino un poco mas y lo sintió entre sus piernas. Se detuvo y su miedo hizo detener el silencio. Busco en la oscuridad ahogada y lo vio.
Era chiquito con un pelaje oscuro y opaco que insistÃa en empalidecer el reflejo de la luna.
Como colándose entre las ramas de los arboles, maullaba una y otra vez. Como un llanto su maullido era un desesperado grito de afecto.
SalÃ,salÃte, gato ... ps, fuera che.
Inútil. La seguia. Un paso ella, uno d. Sus bigotes caÃdos formaban una triste mueca de abandono.
Salite che ... no te puedo llevar a casa, ... fuera gato.
Un paso mas y se le pegaba a las piernas. Era tan chiquito.
Su casa parecÃa alejarse cada vez mas. El corazón se le arrugaba ante cada espantada.
Fuera gato, ... por favor.
Llegó a la esquina y se sintió aliviada. Pensó que nunca se animarÃa a cruzar. Pero lo hizo. Como un chico, sin miedo, sin conciencia del peligro.
La llave terca par fin en sus dedos. Se le caen. Otra vez entre sus manos y esa cerradura que no se queda quieta.
La luz fue como una mana abierta. Se aferro a ella, a su calidez, a su soledad. Afuera, el ultimo maullido se quebraba en el silencio.
No fue una noche tranquila. Las pesadillas se juntaban en el pecho dolorido y el calor parecÃa pegarle sin piedad en su cabeza. El maullido que do flotando entre las piernas y le subÃa, como una nube hasta llegar a sus oÃdos.
Fuera gato cargoso, ... fuera.
SentÃa los bigotes enredados en sus dedos y los ojos fijos y brillantes como estaqueados en los suyos. En ellos habÃa reproche.
Fuera gato, fuera ...
Ningún vecino la vio mas.
Los diarios se apilaban frente a su puerta, la que permanecÃa cerrada, como olvidada.
Cuando la encontraron estaba sobre su earn a, como dormida.
Nadie pudo explicar que habÃa pasado pero mucho menos supieron que pensar cuando junto a ella estaba el, sucio y opaco, lamiéndole los dedos, maullando, maullando ...

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Un relato de Andrea Canté.