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La Dama y el Viento
En un lejano paraje, coronando una pequeña montaña, se erguÃa un castillo de piedra. El lugar era extraño por su clima, casi nunca habÃa viento. Las narraciones de ventiscas, tormentas y huracanes eran historias de abuelos, casi leyendas. Pero el viento aun después de mucho tiempo, siempre volvÃa.
Cierta vez empezó subrepticiamente como una suave brisa que sopló sobre el castillo. AllÃ, en una ventana, una dama joven miraba el paisaje. Delgada y de formas marcadas de mujer, se sorprendió al sentir que su cabello largo y negro, flameaba.
Esta sensación fue nueva y agradable para ella, pero lo extraño de esto es que el viento quedó prendado por la mujer; se enamoró de la dama. Por ello volvÃa con frecuencia a acariciarla: fresco en las cálidas tardes y tibio en las frÃas mañanas y noches de la montana.
Siempre formaba alrededor de su amada un clima placentero. Si era necesario revolvÃa las calientes arenas del desierto para entibiarse, o pasaba entre heladas grietas de hielo para enfriarse. Algunas veces, cuando ella leÃa, el viento empujaba las paginas de su lectura. AsÃ, la dama se encariñó con la benévola brisa y lamentó que, como correspondÃa al clima del lugar, ese aire acariciante muy pronto dejarÃa de moverse, morirÃa.
Ocurrió en ese tiempo que los padres de la joven le asignaron un esposo apuesto y conveniente. El viento, que no era indiferente, al sentir su romance herido, pareció enloquecer. Los celos y la furia lo cegaron y ya descontrolado por la perdida de su amor, planeó una cruel venganza.
Viajó por meridianos y paralelos, recorrió todas las geografÃas, reclutando vientos. Desde el cálido Zonda de las llanuras hasta el temido viento blanco de los Polos. Desde el ardiente Simún de las arenas hasta el fresco Pampero. Desde el debil Huayramuyo o remolino de los Andes hasta el atroz tornado.
También reunió Huracanes, Ciclones y Tifones hasta formar un poderoso ejercito de destrucción y puesto a su frente, decidió no dejar piedra sobre piedra del castillo.
Pero al legar, vio nuevamente en la ventana la imagen de su amada ... Entonces detuvo a sus hermanos y convertido en suave brisa besó el rostro de la joven en señal de despedida.
Y fue la mejor caricia que brindó a esa dama que ya no le pertenecÃa, antes de morir.

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Un cuento de Luis Lopez Pasquali.