
Mi abuela y yo
Los carnavales de 1940 se presentaban esplendorosos. Decenas de mascaritas se agolpaban frente a la puerta del Club Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque para asistir a los ya tradicionales bailes del barrio. Colombinas, pierrots, bailarinas rusas, zorros, fantasÃas y algún suicida que, no obstante las bromas pesadas de algun piromanÃaco, se atrevÃa a disfrazarse de oso.
A pesar de la guerra que asolaba Europa, Argentina era una isla casi paradisÃaca por la paz y tranquilidad cotidianas. La clase media acomodada brillaba en estas fiestas con cierta distinción importada.
Justamente enfrente, cruzando la vÃa del ferrocarril «Buenos Aires, al Pacifico», sentados en dos confortables banquitos de madera y paja, contemplábamos todo, mi abuela Teresa y yo.
Recuerdo esas noches tibias de verano, los olores a humo de la rugiente locomotora, del pasto cortado y mojado y el perfume de la dama de noche. A veces pasaba varias semanas con ella y mi abuelo Juan. Mis padres viajaban de vacaciones a las sierras de Córdoba o visitaban a mis otros abuelos, Delia y Jorge que vivÃan en Rosario. Una vez vino mi madre a buscarme de improviso. Rápidamente, sin que pudiera verme, irme a la higuera del fondo providencialmente bastante alta..
Me divertÃa ver a mi madre corriendo allá abajo y los gritos.
Cierra tarde, debajo del parral del patio y de su sombra, mi abuela me contó que le gustarÃa volver de visita a la campiña gallega sembrada de castaños, donde nació. Ella, habÃa venido desde su añorado pueblo, Piedra Fita, a los catorce anos. Después ayudó a viajar a sus hermanos: DarÃo, Manuel, Constantino, Dora, Pepa, MarÃa, Federico y Lola. También trajo, aunque solo por un tiempo, a su madre, mi bisabuela Estrella.
¡No abuela! ¡EI agua esta muy frÃa!
Ella pasaba una y otra vez por mi cara su mana regordeta, acostumbrada a las tareas rurales. En el invierno esta escena se repetÃa todos los dÃas frente a la pileta del patio. Desde muy temprano sallamos con dos bolsas hacia la feria municipal. Me decÃa siempre que la verdura y la fruta eran tan buenas como las de España pero que habÃa que comprarlas muy temprano, antes que se terminaran, asà que apenas salÃa el sol ya estábamos allÃ.
Mi abuelo Juan, creo que me habló dos veces en la vida. Una fue cuando me llevaba de paseo a la agronomÃa en su bicicleta. Me dijo entonces que le gustaba ir allà porque le recordaba su pueblo, por el paisaje y por sus arboles de distintos tonos.
A modo de confidencia, me contó que durante las noches sonaba con su amigo y compañero Manuel, agonizando en el camino, después de recibir un disparo de un guardia civil. Ambos habÃan escapado del pueblo, para embarcarse con el propósito de viajar para estas tierras.
La salida se apresuro ante la inminencia de tener que ir a pelear a la guerra de Cuba.
La otra vez que me dirigió la palabra, fue en el mismo lugar, en un descanso bajo los arboles.
Me preguntó si sabÃa porque me llamaba Emilio. Le dije no con la cabeza. - Tu te llamas Emilio en homenaje al gran escritor y orador español Emilio Castelar.
Nunca mas tuve un diálogo con él. Tal fue su amor por ese lugar que fue su ultimo viaje, al regresar de ese paseo, se recostó en silencio en su cama y nos dejo.
Casi siempre éramos tres a la mesa, mi abuela Teresa, mi abuelo Juan y yo. Ala hora de la cena casi no hablábamos. En una oportunidad tratando de tragar un bocado, creyendo que era un churrasco de carne vacuna, me di cuenta enseguida que no lo podrÃa pasar, la voz de ella so no rotunda: es hÃgado, te gustará y además no es tan caro.
Ellos, me parecÃa, sentÃan un placer inigualable en ese momento. Todo lo hacÃan muy despaciosamente. Luego de cenar jugábamos al dominó o escuchábamos des de una radio «capilla» La Hora de España algo asÃ.
Cuando ya tenia doce anos, volvÃa a mi casa en tren. La abuela Teresa se quedaba en la puerta saludándome. Yo volvÃa la cabeza varias veces mientras caminaba la cuadra a la estación. Y siempre estaba allÃ, saludándome con el brazo en alto, moviendo la mano en abanico, hasta que el ultimo vagón se perdÃa en la lejanÃa.

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Narración de Emilio Bolón Varela.