
Lectura y creación literarias
El comienzo del fin de la historia
La historia comienza una mañana temprano, apenas el sol acaricia el perfil desdibujado de la cordillera; al final de la extensa columna vertebral que recorre el continente. Una mañana común y distinta a todas.
Salió como todos los dÃas a cazar; como habÃa sido instruido desde entonces, desde los comienzos. No sabia hacer otra cosa.
Como miembro de los Onas, sus labores eran muy claras y precisas. No habÃa nada que discutir. Pero querÃa otra cosa. Algo mas.
La vida era un poco mas que pescar y cazar diariamente para satisfacer las necesidades de su pueblo. No estaba solo en esto; sabia que era importante en este engranaje social; pero sentÃa algo diferente, allà dentro de su cuerpo. Su corazón le decÃa algo que no sabia expresar con palabras.
El sol iba arrimando su calor mientras el costado del mar le ofrecÃa su canto singular, arrullo y nana, tormenta y misterio.
Como miembro de la tribu Selk 'nam u ona, no podÃa adentrarse mas allá de los confines de su tierra, porque era el misterio, lo jamás dicho o demostrado. Por eso el miedo, el querer ser.
Su nombre casi no tiene importancia. PodrÃamos inventar algo, pero serÃa falso y sin sentido. SÃ, la historia que comienza.
Sus manos tiesas por el frÃo le indicaban que los anzuelos dolerÃan si se equivocaba al encarnar. El olor a carnada le henchÃa su nariz mas congelada aún, pero seguÃa. La costa estaba allÃ. Penetrante y a1ejada. Estaba.
Tira la primera vez y no llega muy lejos. Quizás la próxima vez sea mejor. Igualmente, espera.
Mientras el sol viene subiendo lento y seguro, dibuja junto a las gaviotas, un arco iris imaginario lleno de gotas de espuma y sol. El salitre le calma el ardor del sol pero le quema sus dedos ajados por el viento.
Intetará una y otra vez, y recuerda su iniciación al Hain.
Joven y lleno de esperanza aguardo el momento como a1go culminante. Era su momento y no podÃa dejarlo escapar.
Cuando escuchaba de boca de los sabios del pueblo, su piel se henchÃa de alegrÃa y misterio. Cuánto de verdad habÃa en aquella leyenda de poder entre mujeres y hombres, de sol y de luna. Cuánto de mentira habÃa en esa extensión de cordillera que los sabios indicaban como el fin del mundo. Quien estaba del otro lado y no podÃa llegar a ningún lado.
Sus anzuelos insistÃan en enredarse una y otra vez y por primera vez, reconoció que estuvo mal en no aceptar la ayuda de su familia en el dÃa de trabajo. Estaba demostrado que todos se necesitaban en esta tarea. Pero no, el insistÃa en que podÃa hacerlo solo y por eso luchaba casi sin sentido en esto de la pesca.
De pronto lo escuchó. Los onas no oÃan porque sÃ. Sus sentidos estaban a1erra a cualquier sonido; pero este era distinto. Venia de mas allÃ. Profundo y lejano.
Interno su cuerpo mas allá de la orilla pero sintió miedo.
Hasta donde podrÃa ir si no sabia nadar. Eso estaba reservado a las mujeres de la tribu.
Su ansiedad pudo más y comenzó a sentir como sus dedos iban humedeciéndose lentamente. La sal tenÃa cada centÃmetro de su piel ajada por los dÃas de mar. Se deja llevar.
Todo su ser se sintió ajeno a lo que pasaba afuera del mar y se dejó invadir. Sintió miedo y placer al mismo tiempo. Y comenzó a dudar.
Donde estaba. Por que, se sentÃa asÃ, como si antiguamente hubiera sido parte de ese misterio marino y lleno de colores tan ambiguos.
Se dejó llevar y sus pulmones comenzaron a ser parte de las aguas. Sus manos se convirtieron en algas y sus cabellos oscuros en dóciles filamentos marinos que danzaban junto al son de las aguas.
Giró su rostro y lo vio. Negro en su lomo y blanca su vasto vientre le indicaron el tamaño del espécimen.
Sintió miedo y comenzó a nadar. Pero sus manos no lo eran y sus piernas no eran más que algas.
Trató y trató muchas veces. Inútil cualquier intento. Su cuerpo ya no le pertenecÃa.
Sus pulmones no obedecÃan a la inhalación y se sintió mal. MorÃa sin remedio.
De pronto el sueño. Sus ojos negros fue lo ultimo que alcanzó a ver.
Al despertar, el aire se sentÃa diferente. Ya no se sentÃa como antes. Su rostro era diferente a como lo recordaba. Se sentÃa más viejo y más joven aI mismo tiempo. Exrraño si recordaba que apenas habÃa sido iniciado en los misterios de la vida.
SÃ. SabÃa todo y absolutamente nada.
Unos ojos negros asomaron al costado de la orilla y lo espiaron.
Estaba allÃ. Esperando algo.
De pronto oyó su voz, su lamento femenino y entendió. "En la leyenda yo te salve. Aun te espero".
Su voz era oscura y cristalina.
Como si sus dichos fueran viejos pero sin haber sido mencionados jamas.
Comprendió.
Era alguien diferente a quien estaba esperando. Ella lo habÃa salvado durante la gran inundación, que devastó el universo con sol.
Grandes oleadas cubrieron su tierra sin mas que conchillas y arena.
A punto de morir, su amada lo cubrÃa de espuma y lo ayudo a nadar.
Apenas pudo contener la respiración cuando un profundo sueno le cubrió el alma y lo eleva al gran cielo de los muertos.
Despertó y vio sus ojos negros. La calma y el misterio. La sensación de ser y no serlo.
Un gran dolor lo regreso a su hoy y descubrió la yema de sus dedos sangrando por el descuido de un anzuelo entrometido.
Lloro en silencio y recogió sus enseres.
La pesca habÃa sido inútil pero su conocimiento muy vasto.
Comprendió el por que, del llanto de las orcas. Y lo más importante. El por que, cada noche sus ojos se veÃan tan negros como el horizonte sin luna y el recuerdo le sabÃa a sal.
Crispó sus manos sobre el teclado y terminó llorando en silencio.
Afuera, en la ciudad, un llanto eterno clamaba por el último ona muerto en la memoria de los tiempos. Y entonces comenzaron las palabras ...

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Un cuento de Andrea Canté.